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José Herrera Peña

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Tiahuanaco

De todos los vestigios que quedan de esa misteriosa edad en que coexistieron hombre y gigantes -mencionada por el Códice Vaticano y registrada por el Calendario Azteca- niguno más impresionantes que el de la enigmática civilización de Tiahuanaco, en América del Sur.

En este lugar existen rastros geológicos de una gran inundación, a pesar de su gran altura sobre el nivel del mar. Ocurrida hace ya cientos de miles de años, dejó su profunda huella no sólo en la memoria de los aterrados sobrevivientes sino también en el rostro mismo de la tierra 

En efecto, sobre la cordillera de Los Andes, a casi cuatro mil metros de altura, se encuentra una línea de sedimentos marinos con una extensión aproximada de setecientos kilómetros de largo.

Dicha línea no es quebrada sino continua, lo que deja suponer que se trata de una marca dejada por el antiguo nivel del mar. Y una de dos: o el mar llegaba a cuatro mil metros de altura, o la tierra estaba cuatro mil metros más abajo.

Las ruinas de Tiahuanaco

A pocos kilómetros del lago Titicaca yacen las ruinas de la misteriosa y monumental ciudad de Tiahuanaco. Diríase que está en el fin del mundo. No se relaciona con nada. Sus caminos no van a ninguna parte. Nada tampoco llega a ella.


Tiahuanaco
Foto: cortesía de James Q. Jacobs

Sin embargo, el lugar se convirtió en el asiento de una poderosa y antiquísima cultura, aparentemente marítima.

Partiendo desde Cuzco, Perú, se llega a Tiahuanaco tras un día de trayecto ferroviario y fluvial. La altiplanicie semeja el paisaje de otro planeta. Cualquier esfuerzo físico tortura al visitante. Allí, la presión atmosférica es cincuenta por ciento más baja que al nivel del mar. El aire contiene una proporción mínima de oxígeno. Es inverosímil que allí pudiera desarrollarse una ciclópea civilización.

Los geólogos aseguran que en una época antiquísima, en la época de la formación de la tierra, el continente súbitamente se elevó de las aguas y la cordillera de Los Andes se formó.

Pero esto se refiere a la época en que aún no existía el hombre. Por otra parte, algunos investigadores aseguran que Tiahuanaco nunca fue una ciudad de cordillera sino un puerto de mar. Existen allí restos de lo que pudo haber sido un gran muelle y que no conduce a ninguna parte. En épocas remotas pudo haber conducido al mar. El lago Titicaca, cerca del cual está situada, no existiría. No sería lago sino prolongación del océano.


Lago Titicaca

Los gigantes

Si se eslabonan estos hechos con la teoría de Hoebiger, podría entenderse el pasado bajo una forma muy poco ortodoxa.

El austríaco sostiene que antes de caer la luna terciaria sobre la tierra -durante su proceso de acercamiento- su fuerza de atracción provocó no sólo el alzamiento de los mares y de los continentes sino también el crecimiento desmesurado de los seres vivientes, vegetales y animales, así como el de las diversas especies inteligentes, es decir, los gigantes y el hombre. O el antepasado del hombre.

La fuerza de atracción se mantuvo estable durante un largo periodo de tiempo, suficiente para crear esa gran civilización, posiblemente la primera que haya existido sobre la faz del planeta: la legendaria Atlántida.

Tiahuanaco no sería más que una de las colonias periféricas de dicha civilización. En este caso, la ciudad no estaría abajo, junto al mar, sino al contrario, el mar ascendería arriba de su nivel actual y llegaría hasta los pies de la ciudad.

El satélite terciario provocaría durante siglos la poderosa marea que dejó su marca en la cordillera de Los Andres.

Al caer el satélite, cesaría la fuerza que levantó a los mares, desencadenaría su furia y provocaría al cataclismo universal. El diluvio.

Antigüedad de vértigo

Si Tiahuanaco está verdaderamente emplazado a manera de puerto y después de su establecimiento se elevó la cordillera, su antigüedad sería mucho más remota que la que hasta ahora se le ha concedido. Tan remota, que los historiadores se niegan a darle crédito: fines de la Era Primaria.

Pero si lo que subió fue el mar hasta las cimas de la cordillera y luego se fundó la ciudad, como lo sugiere la explicación derivada de la teoría de Hoebiger, su existencia no sería tan antigua, aunque tampoco tan nueva como lo sostienen arqueólogos e historiadores: fines de la Era Terciaria.

Cuando los incas llegaron a este lugar, las ruinas de Tiahuanaco ya estaban en el estado en que hoy se hallan. Es una ciudad hecha por gigantes o, por lo menos, con la ayuda de gigantes.


Tiahuanaco
Foto: cortesía de James Q. Jacobs

Las dimensiones de los bloques de piedra con que se hicieron los edificios son colosales. Sobre ellos se grabaron signos que no existen en ninguna otra parte del mundo.


Puerta del sol
Foto: cortesía de James Q. Jacobs

Una de las estatuas de Tiahuanaco, de una sola pieza, mide más de siete metros de altura y pesa más de diez toneladas. Por aquellos contornos hay docenas de estatuas monolíticas del mismo tipo, todas transportadas desde grandes distancias.


Atlante de Tiahuanaco
Foto: cortesía de James Q. Jacobs

En la Isla de Pascua, a cinco mil kilómetros de Tiahuanaco, prosigue el desfile de estatuas. Pero sus rostros parecen de otra raza.

¿Quiénes cortaron esos grandes bloques de piedra? ¿Quiénes los tallaron? ¿Quiénes los transportaron hasta sus actuales emplazamientos? ¿Cómo fue posible moverlos sobre kilómetros de terreno abrupto y pedregoso?

¿Con qué finalidad se erigieron? ¿Por qué fueron colocadas a lo largo del contorno insular? ¿Por qué ni una sola ve hacia el interior? ¿A quiénes esperan? ¿Son retratos de algunos gigantes que allí se desplazaron?


Cabezas monumentales de la Isla de Pascua
Foto: Jay D'Ambrosio

Las puertas y ventanas de Tiahuanaco son también de una sola pieza. Son monolitos a los que se les tallaron las aberturas deseadas.

La técnica de horadar y pulir esos bloques no se repitió en ninguna otra civilización. El esfuerzo es enorme. Un esfuerzo que no sería posible repetir a cuatro mil metros de altura sobre el nivel del mar, ni siquiera con técnicas más evolucionadas.

Tiahuanaco no tiene sino tres kilómetros cuadrados aproximadamente; pero sus vestigios permiten vislumbrar lo ciclópeo de sus construcciones.

Los grandes circos no aparecen cubiertos sino rodeados de murallas. Dice Marius Leget que fueron hechos para que los reyes gigantes pudieran sentarse ante sus súbditos y discípulos: los hombres.

Nuestras grúas pueden mover monolitos de cincuenta toneladas y recientemente se han diseñado cabrestantes capaces de levantar cientos de ellas. Sin embargo, nuestros remotos antepasados ya hacían esto en América. Y en Asia, en el Oriente medio, en Europa. La pregunta es cómo.

Uno de los más impresionantes monumentos de Tiahuanaco es la majestuosa y enigmática Puerta del Sol.

Sólo hasta 1937 se consiguió descifrar su mensaje. Es un calendario. No un calendario normal, porque mide el tiempo de otra manera.

Mejor dicho, mide otro tiempo.

 

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