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José Herrera Peña

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Capítulo VIII

Métodos de enseñanza

1. SUS MAESTROS

El inquisidor Flores observa atentamente el rostro del hombre que tiene ante sí. Ya ha declarado que "estudió Gramática, Filosofía y Moral, y no otra Facultad". Es como si hubiera dicho que hizo el latín, la Facultad de Humanidades y el Seminario. Y más nada. O que obtuvo el dominio de la lengua universal, el grado de Bachiller en Artes y los órdenes sacerdotales. Y ningún otro título ni grado superior.

Gracias a ello, el inquisidor constata lo que ya sabía; es decir, la estructura, la orientación y las limitaciones de su formación académica y espiritual. No hay necesidad de indagar en qué planteles o centros de enseñanza estuvo. Es obvio. Ha dicho que "volvió a Valladolid y estudió", y él de sobra sabe que en esa rosada y bucólica ciudad existen sólo San Nicolás y el Seminario.

A reserva de investigar en su oportunidad sus estudios teológicos, interesa a los inquisidores saber ahora quiénes fueron sus maestros, quiénes le impartieron cursos en ambos planteles, quiénes fueron los responsables de su formación espiritual: que es el espíritu lo que van a juzgar. Tienen el propósito de hacerlo confesar que sus ideas las recibió del Maestro Hidalgo, el enemigo número uno del Santo Oficio.

Después de un profundo silencio, el inquisidor formula la cuestión: "¿Qué maestros le enseñaron Gramática, Filosofía y Moral?"

Cicerón se preguntaba: "¿Qué cosa hay más grata que la vejez, acompañada noblemente de los estudios de la juventud?" El orador no se refería evidentemente a cualquier vejez, sino a la del combatiente espiritual, el gladiador de las ideas, el soldado de la inteligencia. El detenido, con medio siglo de edad a cuestas, se siente particularmente cansado. De la niñez a la madurez, nunca había pasado por la juventud. De la madurez a la extinción, apenas tiene tiempo para ser viejo. Así, pues, al sentir los primeros soplos de la muerte, aprovecha la ocasión para vivir velozmente esta etapa de su existencia. Y ¿qué puede ser más grato para este viejo león de América que haberse batido ferozmente por la independencia de su patria? ¿Qué le puede resultar más agradable y placentero en esta viril y cargada edad que la compañía -no teniendo otra- de los estudios de su juventud?

"Gramática -responde con la mirada puesta en el pasado- me enseñó el doctor don Jacinto Moreno en Valladolid y don José María Alzate; Filosofía, el licenciado don Vicente Pisa, y Moral, el licenciado don José María Pisa, también en Valladolid". Y corta repentinamente sus recuerdos con la tajante frase: "Y no tengo otra cosa que decir".

No cita en esta audiencia, para decepción del inquisidor, el nombre del catedrático Hidalgo y Costilla. Y es que éste no fue su profesor strictu sensu cuando estudiaba en el Colegio.

En dos ocasiones, sin embargo, complacerá al tribunal al responder a los cargos formulados en su contra por el promotor fiscal del Santo Oficio. En una dirá que fue su rector, y en la otra, su Maestro. Esta última palabra la pronuncia con tal firmeza y respeto, imprimiendo tal fuerza a su voz, que el secretario, al levantar el acta de la diligencia, sobrecogido e impresionado, siente que le tiembla la mano y escribe la palabra con caracteres irregulares e inicial mayúscula...

2. DISCURSO INAUGURAL DEL RECTOR

En San Nicolás, una de las más grandes aspiraciones de Morelos es justamente la de llegar a ser alumno del admirado Maestro Hidalgo. Tan admirado, que así como él construyó un puente entre sus dos apellidos -la conjunción copulativa- que unió Hidalgo a Costilla, simbolizando la unión, encarnada en él, entre su padre y su madre; su profesor de Gramática, imitándolo, se haría llamar Moreno "y" Bazo; el juez, Abad "y" Queipo, y él mismo, el colegial, más tarde, Morelos "y" Pavón. Incluso la firma de éste no sería más que una derivación, con las normales diferencias, de la de aquél.

No alcanza a recibir clases del rector, a pesar de lo cual, lo considera su Maestro. ¿Por qué? Ya abordaremos el tema. Por lo pronto, el primer día en San Nicolás es inolvidable. Los colegiales, de manto y túnica azules, su beca encarnada al pecho y el bonete "metido hasta las orejas", se dirigen debidamente formados -después de oír misa- al aula general y toman asiento conforme van llegando. Morelos tiene una decena de compañeros de varias edades, que fluctúan entre los 13 y los 18 años. La única excepción es él, de 25. No es el más alto, pero sí el más viejo, motivo por el cual sus colegas, probablemente intimidados, lo miran de reojo, sin saber que él está más intimidado que ellos.

Toman asiento conforme al nivel de sus estudios. Primero, los más numerosos, los de Gramática, que es el nivel inferior del Bachillerato; luego, los menos, los de Filosofía, que es el superior, y por último, unos cuantos, los de Teología, Derecho Civil y Derecho Canónico, en Maestría y Doctorado. Enseguida, toca el turno a los profesores titulares de las cátedras, que asisten de sotana, bonete negro y borlas azules, rojas o verdes, según su calidad de filósofos, abogados o canonistas, respectivamente. Y al final, el rector Hidalgo, también de sotana y bonete negro con borla blanca, reservada a los teólogos.

La ley señala que el rector, en su discurso inaugural, recuerde los objetivos del plantel, rinda homenaje a su fundador -y a los patronos del Colegio-, y explique, en términos generales, el contenido de las materias que se van a estudiar; pero lo que interesa al colegial Morelos, sobre todo, es la parte referente a la Gramática.

Habrá pues que imaginar, pues, al joven Maestro don Miguel Hidalgo y Costilla, delgado, alto, ojos verdes y vivos, nariz aguileña, frente amplia, pelo castaño, de 37 años de edad, "de pocas palabras en el trato común pero animado en la argumentación a estilo de colegio -dice Alamán- cuando entraba en el calor de alguna disputa"; al distinguido rector, al abordar la tribuna para cumplir con la ley. ¿Qué pudo haber dicho? ¿Algo derivado de sus lecturas? ¿Que otra cosa...?

La Gramática, contra lo que pudiera suponerse, no estudia las reglas del idioma castellano sino las de la lengua latina. Estudiar Gramática, en otras palabras, es estudiar latín. Nadie puede beber en esa época en las aguas del conocimiento, aprender el contenido de las ciencias o internarse en el campo de la historia, el derecho, la filosofía, la teología o la cultura, si no aprende previamente la Gramática Latina o, dicho de otro modo, el latín y su gramática. "La Gramática -dice San Agustín- es la puerta de las ciencias".

El estudio de las lenguas clásicas es lo único que hace posible llegar a saber lo que se ha meditado y escrito en el curso de las edades anteriores. El que conoce estos idiomas puede conocer el pensamiento de Alejandro y César, Platón y Virgilio, Tertuliano y San Pablo. Es la única manera de entrar en contacto con los grandes espíritus y, consiguientemente, de conocer la historia de las tres grandes civilizaciones dignas de ese nombre -en ese mundo y en esa época-: la griega, la romana y la cristiana.

En la biblioteca del rector Hidalgo ocupan un lugar selecto las obras de Charles Rollin, rector de la Universidad de París. En una de ellas se lee: "Gracias al aprendizaje de las lenguas se nos abren todos los siglos y todos los países. Ellas nos hacen contemporáneos de todas las edades y ciudadanos de todos los reinos. Al conocerlas, nos es posible conversar con los sabios de las épocas pretéritas o de lugares remotos. Tenemos en ellos a otros tantos maestros, a quienes podemos consultar en todo el tiempo; a múltiples amigos, a quienes podemos encontrar a todas horas y en todas partes; cuya conversación, siempre útil, siempre agradable, nos enriquece el espíritu con mil conocimientos, y nos enseña a sacar provecho de las virtudes y vicios del género humano. Sin el auxilio de las lenguas, todos estos oráculos quedan encerrados, y careciendo de la única llave que puede abrirnos la puerta, quedamos pobres en medio de tanta riqueza e ignorantes en medio de las ciencias".

Pero aprender Gramática tiene otra utilidad igualmente importante -no menos práctica que la anterior-: al hacernos "ciudadanos de todos los reinos", es decir, de todas las naciones, el latín nos permite comunicarnos con hombres de nuestro propio tiempo, aunque residan en lejanos y apartados países, pertenezcan a la raza que pertenezcan y hablen el idioma materno que hablen.

El latín no es una lengua muerta. Es el idioma vivo con alcances universales. Es el lenguaje de las iglesias y las universidades, de los sabios y los santos, de los filósofos y los poetas. Es el lenguaje de las ciencias y del derecho, de la astronomía y de la medicina. El mundo de Hidalgo, en efecto, mitad medieval, mitad renacentista, es el de Jano, dios con dos rostros a la vez, una de cuyas bocas habla el castellano y la otra el latín.

No se debe centrar la atención en el dominio de las reglas, aunque esto sea eventualmente necesario, sino en el espíritu de la lengua. Quintiliano no recomienda los tratados de reglas sino la lectura de los buenos libros. Es difícil, según él, que escriba o hable mal el que siempre tiene a la vista modelos acabados y perfectos. Los buenos textos, primero; la reglas vendrán después.

Para la elocuencia y la poesía habrán de seleccionarse los pasajes más representativos de tres épocas: la de Pericles, en el mundo helénico; la de Augusto, en el romano, y la de los Padres de la Iglesia, en el cristiano. Quintiliano es la síntesis del mundo antiguo. En él laten magistralmente la enseñanzas reveladas en el Gorgias, de Platón; en la Retórica, de Aristóteles, y en los diálogos Oratorios, de Cicerón.

En cuanto a la historia, que constituye tanto la fuente de la cultura universal cuanto de la teología cristiana, habrán de verse los escritos de Herodoto y Tucídices, César y Cicerón, Tito Livio y Tácito, Plutarco y Suetonio. Y luego, aparte, a San Agustín y los Santos Padres de la Iglesia.

Sin el dominio del latín, "única lengua permitida en las aulas", nadie puede aspirar a un título universitario ni a un orden religioso. Tal es el objeto del estudio de la Gramática. Tal el conjetural contenido del discurso del rector...

3. LO IMPORTANTE ES EL MÉTODO

Tanto el rector Hidalgo -que recoge la vieja tradición pedagógica en esta materia, perfeccionada por los proscritos jesuitas-, como su discípulo don Jacinto Mariano Moreno y Bazo -profesor de Morelos-, fundan su sistema de enseñanza en la autoridad de Quintiliano y en los estatutos de la Universidad de México, o sea, en la tradición y en la ley, en la historia y el derecho.

Dicho sistema se basa, como se dijo anteriormente, en el estudio de los clásicos en su lengua original. Se aprende latín y griego leyendo los textos de los grandes autores en su propio idioma.

En cuanto al griego, San Agustín le tenía una aversión tal -según lo revela en sus Confesiones-, que le fue difícil aprenderlo; pero lo hizo para conocer el pensamiento auténtico de todos los autores profanos y sagrados que escribieron en dicho idioma.

Los clásicos son exaltados por San Jerónimo -uno de los teólogos favoritos del rector Hidalgo-, cuando señala que en lengua griega se ha de imitar a Demóstenes, y en la latina, a Cicerón.

El propio Quintiliano, quien sostuviera que es difícil que escriba, hable o piense mal el que siempre tiene a la vista modelos acabados y perfectos, al seguir sus propios preceptos llegó a ser el más grande abogado y el más elocuente orador de la Roma imperial.

Además de los clásicos paganos, se leen también los clásicos cristianos; entre ellos, como se dijo anteriormente, a los Padres de la Iglesia, que escribieron, unos, en un griego riquísimo y elegante, y otros, en un latín perfecto. No es ocioso repetirlo. Estudiar a los clásicos en su propia lengua: tal es el método. Y "en la enseñanza -advierte Quintiliano-, lo importante es el método".

Consecuentemente, se evitan las lecturas mediocres o inútiles -sean de católicos o de paganos-, que no elevan el espíritu ni forman la palabra, para no perder el tiempo ni aprender cosas insulsas; es decir, para no caer en la categoría de aquéllos a los que compasivamente se refería Séneca cuando decía: "Ignoraron las cosas necesarias porque aprendieron las inútiles". O, en sus propias palabras, nesciunt necessaria quia supervacua didicerunt, como gustaba de citarlo textualmente el rector Hidalgo.

4. EN EL AULA DE CLASE

"Dulce es el nombre de la paz, saludable el tenerla -dicta en latín el profesor Moreno-; pero entre paz y servidumbre hay una gran diferencia. La paz es una libertad tranquila; la servidumbre, en cambio, el mayor de los males. Y éste debe alejarse no sólo con la guerra sino hasta con la muerte".

Don Jacinto, en esa época bachiller, observa la reacción de los colegiales ante la frase ciceroniana. ¿Vibran de orgullo? ¿Quedan indiferentes? Luego, les pide que la traduzcan al español, para constatar que ha sido bien comprendida; en seguida, que la pronuncien en latín cuantas veces sea necesario hasta que la dicción sea correcta; que la escriban de acuerdo con las reglas; que analicen las palabras y los componentes de la sentencia; que lo vuelvan a hacer. Y si, a pesar de los ejercicios anteriores, todavía no la han memorizado textualmente, recomienda que lo hagan, porque a continuación deben expresar la misma idea con otras palabras.

Este último ejercicio, decir lo mismo de otro modo, es un reto a la imaginación. Si la servidumbre debe alejarse no sólo con la guerra sino incluso con la muerte, esto significa -como lo dijera don Melchor Ocampo- que "es mejor morir de pie que vivir de rodillas". La memorización es un ejercicio esencial para el aprendizaje de las lenguas. Al adquirirse nuevas palabras, se les relaciona, compara y contrasta con las ya aprendidas, y se les organiza en nuevas oraciones. Además, se memorizan frases enteras. Esto ayuda a la mente a familiarizarse con los grandes espíritus, conservar sus mejores ideas y reproducir su estilo.

Gracias a la memorización -sobre todo de frases enteras- se llega a tener con el tiempo una abundancia de términos, pensamientos e imágenes, que se presentan espontáneamente cuando se les necesita, sin sufrir la tortura de buscarlos en vísperas de la ocasión. Lo único que hay que hacer es recurrir al repertorio alojado en la propia mente y tomar una las riquezas verbales y conceptuales del tesoro de frases escogidas, del que se es el único propietario. Se pueden hacer citas e invocar a los autores ilustres -dice Quintiliano-, lo que además de ser muy agradable en las conversaciones y bastante útil en las piezas oratorias, confiere autoridad a lo que se afirma.

Estos ejercicios traen consigo dos ventajas adicionales. La pericia en el latín produce la pericia en el castellano, el italiano, el francés y demás idiomas neolatinos. Allí están Bossuet, Rollin, Vieyra y Barbadiño -para no mencionar otros-, que habiendo sido de los que mejor escribieron en la lengua latina, mejor dominio tuvieron de la francesa, los dos primeros, y de la portuguesa, los últimos.

Pero la otra ventaja no es desdeñable: al aprenderse el latín en la forma que se enseña en San Nicolás, se forma el carácter, se modela el espíritu, se fortalece la voluntad.

5. LA BUENA CONDUCTA

Si al sistema de enseñanza que se sigue en el Colegio de la antigua Valladolid bajo la rectoría de Hidalgo, se agregan dos hechos: que el profesor Moreno y Bazo es capaz, paciente, inteligente y entregado totalmente a su labor docente, por una parte, y por otra, que Morelos es un estudiante de tiempo completo, consagrado al aprendizaje en cuerpo y alma, se completa el cuadro que permite comprender su aprovechamiento.

Tocándose el pecho y bajo palabra de sacerdote o, en sus propias palabras, tacto pectoris et in verbo sacerdotis, el Bachiller Moreno y Bazo, catedrático de Gramática, expedirá a solicitud del colegial Morelos un certificado de estudios, gracias al cual es posible compartir algunas de sus experiencias académicas.

En primer lugar, que tiene una magnífica conducta, requisito sine qua non del buen aprendizaje. Los profesores de ese tiempo están autorizados para emplear, como castigos, desde la leve amonestación hasta los fuertes azotes. Cincuenta años antes, por ejemplo, José Rafael Campoy, siendo adolescente -tenía 14 años- había recibido una resonante azotaína o, como lo dice en un elegante latín el poeta Maneiro, inmensam punitionum segetem: literalmente, una abundante cosecha de azotes. El colegial, a manera de protesta, había huido del Colegio de San Ildefonso, vendido su manto y su beca, e ido a vivir a casa de unos parientes. Devuelto por sus padres al establecimiento educativo y cambiado de maestro, se convertiría más tarde no sólo en el alumno más destacado del reino, en su época, sino además "en el primero que se abrió paso al nuevo camino de las ciencias", al decir de Beristain. El caso es que, independientemente de su controvertida eficacia pedagógica, los profesores de esa época castigan frecuentemente a los alumnos, moral y físicamente, con regaños, humillaciones y golpes.

Pues bien, el estudiante Morelos no recibe nunca ningún castigo, ni duro, ni leve, ni físico, ni moral, ni por faltas a la disciplina, ni por falta de aprovechamiento. Durante el tiempo que hace su curso de Gramática "ha procedido con tanto juicio e irreprensibles costumbres -dice su maestro- que jamás fue acreedor a que usase con él de castigo alguno".

Atrás de esta certificación se alcanza a ver, con precisión, uno de los rasgos de su carácter: cuando se dedica a algo, se empeña en hacerlo seriamente, en orden y con responsabilidad. Su profesor de Gramática haría más tarde el doctorado en Teología y alcanzaría el nivel de canónigo. En esa condición estaría en Oaxaca cuando Morelos la atacó victoriosamente en 1812. Al saber éste que el doctor se encontraba en ella, le recordaría la nobleza de sus enseñanzas y lo invitaría a sumarse a la lucha por la independencia; pero aquél se molestaría con él, lo criticaría por haber abrazado la carrera de las armas y censuraría enérgicamente la causa por la que peleaba. Tomada la plaza y no pudiendo respirar el mismo aire que los insurgentes, solicitaría un salvoconducto a su ex alumno para salir de la ciudad con rumbo a México, que éste le concedería. No volverían a encontrarse otra vez...

6. EL DECURIÓN DE SAN NICOLÁS

Durante las horas en que oye cátedra, el colegial da muestras de un acentuado interés e incluso de una no despreciable habilidad por el manejo de la lengua latina, lo que llama la atención del catedrático Moreno y Bazo así como del mismo rector Hidalgo y Costilla. Al cabo de cierto tiempo, previa consulta entre ambos, es promovido al cargo de "decurión".

El Colegio es un cuartel académico. Sus estudiantes, soldados. El nombre de "decurión" es tomado de las legiones romanas. Es el comandante de un pelotón; el que está al mando de diez hombres, como el "centurión" es el que lo está de cien. En la jerga académica de la época, el "decurión" es el alumno que, habiendo realizado los más indiscutibles progresos en sus cursos, se convierte en ayudante del profesor.

Equivale, de hecho, a ser el adjunto o auxiliar de la cátedra en los principales menesteres académicos. Sus actividades y obligaciones son fundamentalmente las de examinar las lecciones de sus diez compañeros -que pueden ser más o menos-, corregir sus faltas, transmitir al maestro los reportes correspondientes sobre su conducta y aprovechamiento, y recomendar su aprobación, suspensión o castigo, de acuerdo con sus méritos o falta de ellos.

Durante este primer año, el decurión Morelos actúa con honestidad y con un doble sentido de responsabilidad -como lo hace todo buen profesor-: académico el uno, moral el otro. No demuestra ni incompetencia en el conocimiento de la materia, ni mala fe para proponer u otorgar notas altas a los que las merecen bajas o viceversa. Aprueba, corrige y sanciona a cada uno de sus compañeros tanto en función de los temas tratados durante el curso, cuanto de un alto grado de ecuanimidad y justicia.

En los momentos en que sus colegas están bajo su cargo, que son dos horas en la mañana y dos en la tarde, dicta algunos textos en latín, seleccionados por el catedrático Moreno y Bazo, y quizá por el mismo rector. "La muerte es terrible -advierte Cicerón- para aquellos con cuya vida se extinguen todas las cosas, pero no para otros cuya alabanza no puede morir". Luego entonces, vivir no es permanecer con los demás, sino actuar con ellos y para ellos. No es sólo tomar del mundo lo que éste ofrece, sino asimismo darle lo que uno tiene. Lo trágico no es morir sino ser olvidado. La muerte, por consiguiente, con toda su dramática fuerza, aunque es la extinción de todo, puede ser también el principio de una nueva vida en el recuerdo de los demás.

Dentro de los clásicos, ¿quiénes son otros de sus autores favoritos? ¿Tito Livio, por la elegante sencillez de sus descripciones históricas? ¿Virgilio, por hacerle recordar su vida en Apatzingán y sus paseos por Pátzcuaro y Uruapan? ¿Cuáles son sus autores cristianos preferidos...?

7. EL OCHO DE MAYO

Un año después de haberse iniciado el juicio en el Tribunal de Testamentos, Capellanías y Obras Pías, y siete meses de empezar sus clases en San Nicolás, el colegial aprovecha algunos días feriados -6 de abril y 9 de mayo- para entrevistarse con su apoderado jurídico, el señor don Nicolás Baquero, y concertar su estrategia en el tribunal.

Aunque enclaustrado en el Colegio, no ha descuidado el juicio sucesorio cuya sentencia -si le es favorable- le ha de dar el derecho a la capellanía fundada por su bisabuelo y disfrutada por su abuelo. Sigue con la idea de que los doscientos pesos anuales -menos gastos- que produce dicha capellanía, pueden servirle, aún parcialmente, para sostener su casa, su madre y su hermana, y su Colegio, sus propios estudios.

En el tribunal de capellanías, mientras tanto, la lucha ha continuado durante todo ese tiempo. Morelos y sus contrapartes, sus primos lejanos, han aportado las pruebas en que basan sus reclamaciones y formulado los alegatos respectivos. Todos piden que se dicte sentencia; pero el juez Abad y Queipo mantiene abierto el proceso.

El 6 de abril de 1791, a pedimento de Morelos, el señor don Nicolás Baquero le dirige un nuevo escrito urgiéndole que dicte sentencia en favor de su representado, a fin de que con los frutos de la capellanía éste pueda ayudar a su madre, "que está destituida de bienes, en la inclemencia del estado de viudez que sufre muchos años ha, manteniéndose de lo que únicamente puede contribuir su personal trabajo, con suma miseria". A pesar de esta instancia, en la que se acentúan, a propósito -recurso de litigante- algunos rasgos del problema para mover a compasión al tribunal, éste no resuelve nada. Al reflexionar sobre este caso, el juez Abad y Queipo medita sobre su propia vida. Más adelante se dirá por qué.

El 8 de mayo se lleva a cabo en el Colegio un acto especial. Ese día se celebra, como desde hace siglos, la fusión del viejo Colegio de San Nicolás Obispo, fundado en Pátzcuaro por don Vasco de Quiroga, con el de San Miguel Arcángel, establecido más tarde en Valladolid. Sin embargo, a partir del año en que Hidalgo ingresa al Colegio en calidad de estudiante, la fría ceremonia se convierte en alegre festejo. Ese día, sus colegas lo aprovechan para celebrar jubilosamente su cumpleaños. Luego, sus discípulos continúan dándole vida a la fecha. Y al final, todo el mundo social de Valladolid se suma a ambas celebraciones: la del Colegio y la del rector. La tradición de celebrar el cumpleaños del Maestro se mantiene hasta la fecha...

El domingo 8 de mayo de 1791, el colegial Morelos vive el inolvidable día de fiesta. Empieza, según Castillo Ledón, con ayuno general "hecho la víspera", comunión y misa dicha por el rector Hidalgo en la capilla del Colegio. Después, al medio día, se sirve un opulento banquete al que asisten los catedráticos y los colegiales de San Nicolás, así como las autoridades civiles y eclesiásticas de la provincia y el obispado. Allí están, al lado del rector Hidalgo, el intendente Riaño y el obispo San Miguel. Se encuentran también el deán Pérez Calama y el juez Abad y Queipo. Y en la noche, se encienden luminarias por dentro y fuera del edificio y se echan a vuelo las campanas. El profesor Hidalgo luce durante todo el día un semblante feliz, sobre todo, cuando comparte su tiempo con sus ilustres invitados.

Al día siguiente, que es lunes 9 de mayo -día de descanso- el estudiante Morelos atiende sus asuntos personales y, de paso, visita a su familia. La señora Pavón y su hermana Antonia, ¿dónde viven? ¿con quién? ¿qué hacen? Benítez asegura que la familia vive en "una casa de la primera cuadra de la calle de Mira al Llano", contigua a la que actualmente ocupa el Museo Michoacano, con terraza y arcos invertidos en la segunda planta. La habitan, según el padrón de feligreses de la parroquia del Sagrario, la señora Pavón, su hija Antonia, que anda entre los 15 y 16 años de edad -ya es casadera-, y don Antonio García, probablemente un doméstico al servicio de la casa, vale decir, de la pequeña escuela de doña Juana.

Desde que su marido partiera en busca de fortuna a San Luis Potosí, la dama ha trabajado duramente. Lemoine la ve, sin ninguna base, de gobernanta y hasta de sirvienta de la familia de don Agustín de Iturbide; pero Benítez la sigue recordando como hija de un profesor de escuela, calígrafa de primer orden; mujer que se expresa con propiedad e incluso que promueve diligencias, representando a su hijo, ante los tribunales; de personalidad desenvuelta y dominante; que enseña las primeras letras a sus menores hijos, y concluye que, por sus conocimientos y su carácter, es maestra de una escuela de primeras letras, como su padre; una "amiga", en la terminología de la época, y es probable que haya tenido la escuela, como su padre, en su propia casa.

En todo caso, el decurión Morelos, después de pasar la mañana con su familia, sale a la calle vestido con su uniforme de colegial y se dirige al bufete del abogado Baquero. Los dos hombres discuten nuevamente el caso de la herencia; preparan un escrito; van juntos al tribunal de testamentos y capellanías; intentan ver al juez Abad y Queipo, sin que éste los reciba; dejan el escrito a su secretario, en el que reiteran su pedimento de que se reconozca a Morelos su derecho a la capellanía y dicte sentencia en ese sentido, a la mayor brevedad, y regresan a sus respectivos destinos. El colegial come con su madre Juana María y su hermana María Antonia, pasa la tarde con ellas, y al caer la noche, regresa a su casa: el Colegio de San Nicolás...

8. PREMIO FINAL

El estudiante Morelos, aunque participa en las ceremonias y festejos del 8 de mayo -y lo hace con gran entusiasmo- no se permite a sí mismo que, ni los placeres de las fiestas, ni los problemas de su familia, ni las nostalgias de sus amores terracalenteños, ni las angustias de la dilación del juicio, lo distraigan más de la cuenta de sus labores académicas como alumno, menos aún de sus responsabilidades que tiene como "decurión".

Este cargo, en efecto, lo desempeña "con tal particular aplicación -certifica su maestro-, que por ésta consiguió verse exaltado a casi todos sus demás condiscípulos". Teniendo, pues, definido el objetivo de su vida, no sólo llega a ser buen alumno, sino también, casi de manera espontánea, a tener una magnífica conducta, e incluso a alcanzar una no desdeñable destreza en la conducción de hombres -sus diez condiscípulos-, precedida sin duda por la que ejerciera con los peones y esclavos de la Tierra Caliente.

Cierto que no alcanza a superar a todos sus compañeros sino "casi a todos". Hay alguien que lo sobrepasa -no se sabe quién-, que lo supera y va más adelante que él. Sin embargo, al final del curso, "en atención a su aprovechamiento y recto proceder -sentencia su maestro- tuve a bien conferirle que fuera premiado con la última oposición de mérito en el aula general, con la que se observa premiar a los alumnos de esta clase..."

La ceremonia en que se distingue al decurión con este trofeo académico se lleva a cabo el miércoles 24 de agosto de 1791, en presencia de todos los catedráticos y alumnos del plantel, así como de los familiares de unos y otros -allí están su madre Juana y su hermana Antonia-, y es, por supuesto, presidida por el rector Hidalgo y Costilla.

Vestido con manto y bonete de terciopelo azul, su banda encarnada al pecho con el escudo de San Nicolás; aquél que durante sus cursos se viera "exaltado a casi todos sus demás condiscípulos", y que "por todos los referidos méritos" se le confiriera la alta distinción de "ser premiado en el aula general", sustenta su oposición con orden, claridad y elegancia, dejando grabada una buena impresión en el auditorio, pues "la desempeñó -siempre según su maestro- con universal aplauso de todos los asistentes".

En este acto, el talentoso rector Hidalgo y Costilla se suma de buena gana al sonoro aplauso del público, recordando quizá, con una sonrisa complaciente, haber ganado exactamente el mismo premio, en el Colegio jesuita de San Francisco Javier, muchos años atrás -veinticuatro años-, cuando apenas tenía 13 de edad...

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