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José Herrera Peña

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Capítulo IX

La biblioteca del rector

1. EL MAESTRO HIDALGO

Así como Morelos da a Hidalgo el título de Maestro, éste honra a aquél con el de "querido discípulo y amigo"; lo que significa que sus relaciones en el Colegio y fuera de él son no sólo académicas sino también personales. Además de ser, uno, colegial, y el otro, rector, son amigos; pero, ¿qué decir de esta amistad?

Para Hidalgo, el lazo con su alumno no pasa de ser uno de los muchos que tiene y -acostumbrado al roce con los grandes señores de su tiempo- probablemente no de la mayor importancia

Otra cosa muy distinta ocurrirá con Morelos. Para él, será la relación más trascendental de su vida. ¿Por qué Maestro? ¿Qué aprende de él? ¿Sería muy aventurado suponer que el brillante teólogo habla temprano con él de una teología nacional?

¿Por qué no intentar trazar un cuadro de los dos hombres en esta época? ¿Por qué no aceptar -al menos en este caso- lo poco que ha conservado la tradición? ¿Por qué no reproducir y desarrollar lo que todavía alcancé a oír -a respirar, a sentir- en San Nicolás, en mis años mozos? ¿No acaso hasta las tradiciones más erróneas, como dijera Renán, contienen una parte de verdad? ¿Por qué no reconstruir entonces, a golpes de imaginación, lo que la crónica se ha negado a entregarnos?

¿Cuándo estrechan sus relaciones? ¿En el tiempo de clases? Sí, pero ¿por qué no suponer que lo hacen sobre todo durante las vacaciones? ¿Dónde hablan? ¿Con qué motivo? ¿De qué? ¿Por qué no pensar que el rector necesita ayuda para reorganizar su biblioteca? ¿Por qué no imaginar que pide a dos o tres de los más distinguidos estudiantes del Colegio que aprovechen sus vacaciones de septiembre y octubre de 1791 en tal labor?

Al ordenar los títulos, ¿de qué hablan? No de cualquier asunto. Nada los une, salvo la curiosidad académica. Uno de los temas en que el Maestro ejerce un dominio indiscutible es el de la teología. Además de la teología clásica, tradicional u oficial, que el colegial Morelos deberá estudiar más tarde en el Seminario y, si es que tiene oportunidad, profundizar en San Nicolás, a nivel de maestría y doctorado, existe otra; una especie de teología popular, que se enseña adentro y afuera, en la escuela y en la calle, en el colegio y en el templo, a veces en forma reservada y casi clandestina, y otras, abiertamente y sin reservas. ¿Por qué no recordar los principales rasgos de esta forma peculiar de ideología americana? ¿Por qué y cómo apareció...?

No es fácil. Ni breve. Entremos primero a la biblioteca del Maestro. Tiene allí un tesoro invertido en ella. Ha gastado casi todo su sueldo de profesor -trescientos ducados anuales-, durante dos décadas, en formarla. Allí están las obras fundamentales de la cultura universal; de las cuales se ha servido durante veinte años como herramientas de trabajo para preparar sus clases.

¿Quiénes son los selectos alumnos invitados? ¿Por qué no suponer que son los premiados en las diversas cátedras de Gramática, Filosofía y Teología? Uno de ellos, el de Gramática, es Morelos. Habrá qué verlo entrar con veneración y recogimiento a esta especie de santuario, donde el Maestro prepara sus cátedras y elabora sus manuscritos. Brillan los dorados títulos de los gruesos volúmenes empastados en piel. Allí está encerrada la sabiduría de los siglos. Obras de literatura, filosofía, derecho, historia, ciencias y teología. Diccionarios y Enciclopedias. Léense títulos en latín, griego, hebreo, castellano, francés, portugués, italiano, náhuatl, otomí y purépecha.

San Jerónimo ha ejercido en todos los tiempos una extraña fascinación sobre los grandes hombres de la historia universal. Leonardo da Vinci, en su vejez, lo pintó como él, viejo y cansado; el cuerpo desnudo, enjuto, sentado, y su rostro teñido por una sombra de dolor y melancolía. Mientras creaba su obra, el pintor escribía en su cuaderno de notas: "Mi Leonardo, ¿por qué tanta pena?" Y agregaba: "Más un ser es grande, más crece su capacidad de sufrimiento". Al reproducir la dramática imagen de San Jerónimo, el artista italiano le estaba imprimiendo, sin duda alguna, su propio espíritu ascético. "Cuando yo creía que estaba aprendiendo a vivir -escribía-, lo que en realidad hacía era aprender a morir..."

El San Jerónimo de Valladolid es mucho más joven. Está hecho a semejanza del catedrático Hidalgo. Tiene toda la fuerza del hombre recio, en proceso de escribir la gran obra; de traducir la Biblia del griego y del hebreo al latín vulgar; es decir, de forjar ese monumento de la cultura occidental que se llamaría La Vulgata, considerado como texto oficial de Las Escrituras hasta nuestros días; pero que, a pesar de sus conocimientos y, lo que es peor, a causa de ellos, es un ser que sufre -quizá como el propio Maestro Hidalgo-; porque esta escrito que "allí donde abunda la sabiduría -dice el Eclesiastés-, abunde la tristeza".

San Jerónimo es uno de los teólogos que estará siempre presente en la vida de Hidalgo. Aparece en las traducciones del políglota, en las clases del catedrático de Teología, en las disertaciones teológicas del escritor, en los discursos académicos del rector. El otro San Jerónimo, el sabio, el que conoce todos los secretos humanos y divinos, el que sólo espera el último, el supremo secreto de la muerte -el de Leonardo-, surgirá también en las celdas de Chihuahua, invocado por el general traicionado, en víspera de su ejecución...

2. LOS TÍTULOS FUNDAMENTALES

Los dos o tres colegiales que van a la biblioteca del rector empiezan a ordenar los libros acumulados en mesas, sillas y hasta en el suelo. 

Los volúmenes se clasifican por materias bajo la dirección del Maestro Hidalgo. Trátase, desde luego, de las obras cuya lectura está permitida. No hay ninguna de las prohibidas. Estas las tiene debidamente guardadas en lugares secretos; las lee con la debida precaución, y las intercambia, de vez en cuando, con algunos de sus íntimos amigos, entre ellos, Abad y Queipo. No se las encontrarán jamás.

¿Qué libros tiene a la vista? Su biblioteca ha sido reconstruida gracias a sus escritos, a sus declaraciones judiciales y al testimonio de un testigo -fray Martín de Carrasquedo- que trabajará con él. ¿Podría hablarse de algunos de ellos?

Al dirigir el trabajo de clasificación de las obras, ¿por qué no suponer que hace referencia, en primer lugar, a las que constituyen los puntos de apoyo de la cultura universal, y en segundo, a las que tratan temas de América? ¿Por qué no oírlo hablar -libros al canto- del papel que tiene reservada la gran nación americana en la historia de la humanidad...? ¿Cuáles de ellos citar?

En primer lugar, los de historia universal. Un teólogo debe ser, ante todo, un historiador. Tal es la tesis del Maestro Hidalgo. Por eso, en el rubro de historia, el trabajo de ordenación empieza con Tertuliano; el cual, en El Espectáculo, señala que ésta "debiera ser la diversión de los teólogos".

Sigue con el Discurso sobre la Historia Universal, de Bossuet, obra con la cual el autor educó al Delfín de Francia. Continúa con la Historia Antigua y la Historia de Roma, en 13 tomos cada una, de Charles Rollin, rector de la Universidad de la Sorbona y autor admirado por el Maestro Hidalgo: "Noble y elegante -dice Juan Andrés-, copioso y docto", estas obras "llenan la mente y el corazón de los sentimientos, de las máximas y del estilo de la Antigüedad".

Sigue Rigordo, en cuya Vida de Filipo el Augusto, rey de Francia, relata la forma en que fueron condenados todos aquellos que iniciaron la moda de explicar la teología valiéndose de los principios aristotélicos, "a quien constaron de vista todos estos pasajes", al decir del propio Maestro Hidalgo.

Luego, Gerardo de Vossio, que en su Cronología Sacra enseña que la cronología y la geografía "son hermanas gemelas y como dos ojuelos de la historia, de tal suerte que si queda privada de uno, se hará tuerta, y si de los dos, completamente ciega".

En otra área, encuéntrase la Historia Eclesiástica del Antiguo y del Nuevo Testamento, de Natal Alejandro, en 8 tomos, otro de los autores favoritos de Hidalgo. Su obra es el fruto jugoso de un sabio perseguido injustamente por la Inquisición. Al prohibirse sus obras -dice el Maestro- se defendió "con tanta moderación y calma como fuerza y dignidad". Inocencio XI -prosigue- puso su Historia en el Índice de los libros proscritos; Benedicto XIII la borró.

Otra de sus obras predilectas es la Historia Eclesiástica del abad Claude Ferry, "no menos notable por sus virtudes que por su ciencia", según el rector nicolaita. Su obra es extraordinaria "por su elegancia y erudición, pero también por sus fuertes críticas contra muchos Papas de la Edad Media y el Renacimiento. El autor ocupó una de las cuarenta sillas de la Academia Francesa; precisamente la que dejó vacía De la Bruyere al fallecer, lo cual no impidió que fuera aborrecido por los inquisidores.

Por último, la Historia Eclesiástica de Ignacio Jacinto Amat de Graveson, en 18 tomos, es también obra admirada por el Maestro Hidalgo e incluso propuesta como texto a sus alumnos de teología.

Prosiguen las obras teológicas. El trabajo se inicia con la Summa Theologica, de Santo Tomás, tan elogiada y criticada, al mismo tiempo, por Hidalgo y Costilla.

Sigue De los Lugares Teológicos, de Melchor Cano, cinco veces invocada por el Maestro en su Disertación.

Luego, El Verdadero Método de Estudiar, del portugués Barbadiño. El abate Verney, bajo el seudónimo de El Barbadiño, quien escribió este libro, dice que hay dos clases de Teología. Una, la metódica, otra, la escolástica. Aquélla se funda en el estudio de las Escrituras; ésta, en la especulación aristotélica. Gracias a los autores anteriores, el Maestro definió en su Disertación lo que es la Teología, cuantas clases de Teología hay, cuál es el verdadero método para estudiarlas y cuál, a su juicio, debe ocupar la atención de los estudiosos.

Hay tres obras fundamentales: Disertaciones sobre la Biblia, Comentarios sobre la Biblia y Diccionario Histórico, Crítico y Cronológico, de Agustín Calmet, gigante de la literatura teológica francesa que, como casi todos los de la Sorbona, escribió en latín. Murió con la pluma en la mano, a los 81 años de edad. Sus obras permiten contemplar la marcha del hombre en busca de su destino. Calmet comentó los 72 libros de la Biblia e hizo 81 disertaciones sobre todos los temas bíblicos. Al pulsar sus obras y ordenarlas en su librero, el teólogo Hidalgo se queda pensativo, sin explicar a sus alumnos por qué. Más adelante se volverá sobre este autor.

3. OTROS TÍTULOS TEOLÓGICOS

Siguen después, las Prelecciones Teológicas, de Santiago Jacinto Serry, en 5 tomos, que arrancarían los elogios de Francisco Javier Alegre "por su abundancia de materia, de erudición y de crítica".

A propósito de esta obra, hacía seis años, en 1785, se había llevado a cabo un acto académico en Valladolid, a puerta abierta -de gran resonancia en la Nueva España-, ante la presencia del cuerpo eclesiástico presidido por el obispo San Miguel, en el que el Maestro Hidalgo presentó a dos de sus mejores alumnos de Teología para que defendieran sus posiciones en esta materia. El Maestro toma un ejemplar de La Gaceta de México, de 15 de julio de 1785, y hace leer a uno de sus alumnos:

"El Bachiller don Felipe Antonio de Tejeda defendió en la mañana los cinco tomos de las Prelecciones del Padre Serry -dice el periódico-, con todos los puntos de Cronología, Historia y Crítica que aún por incidencia toca el autor, haciendo ver que no hay antilogía alguna en toda su doctrina... y por último, vindicó al autor de la infame calumnia de jansenista, con la que algunos han querido denigrar sus obras".

El Bachiller Juan Antonio de Salvador, por su parte, defendió en la tarde cuatro volúmenes íntegros de la Historia Eclesiástica de Graveson. "Fue su presidente -concluye la nota periodística- el Bachiller don Miguel Hidalgo y Costilla, colegial real de oposición y catedrático de prima de Sagrada de Teología".

Los estudiantes ordenan después las obras teológicas en las que el Maestro se apoyó para proponer en su Disertación el estudio de la verdadera Teología: la positiva, equivalente a la metódica.

En primer lugar, la Preparación a la Teología, del padre Anetto; luego, la Teología Patrística, de Dionisio Petavio, y por último, la Teología Dogmática y Moral, de Louis Habbert; autores todos egresados de La Sorbona de París, que escribieron en un latín perfecto y fueron acusados -sobre todo Habbert- de jansenistas, porque recibieron la influencia del obispo francés Jansenius, el cual enfatiza la voluntad de Dios en la conformación de los hechos humanos, lo que parece disminuir la importancia del libre albedrío. Sin embargo, los gloriosos Pensamientos de Pascal, impregnados también por esta influencia un tanto fatalista, no provocaron mayores polémicas, lo que confirma la relatividad de las opiniones al respecto. Además, el jansenismo tiene ingredientes teológicos de tal fuerza que, a pesar de estar cargados de nostalgia y melancolía, en lugar de aceptar la fatalidad, como se dice, al contrario, impulsan a la acción. La mejor prueba de ello es que el bajo clero francés, irresistiblemente atraído por esta escuela del pensamiento teológico, ha tomado una participación de primera línea en la Revolución Francesa. Al Maestro Hidalgo también se le ha acusado frecuentemente de jansenista, por lo que ha tenido qué defenderse permanente y públicamente de sus detractores.

Al lado de los títulos citados, se colocan los siguientes: De Dios y sus Atributos, de Honorato de Tournelli, guía y Maestro de los centros eclesiásticos de Francia, obra en la cual también se apoyó el rector de San Nicolás para fundamentar su Disertación.

El Discurso Teológico, de Berti, que propuso durante algún tiempo como libro de texto en la clase de Teología a su cargo, porque se funda en el estudio de las Escrituras, no en la especulación aristotélica. "Jesús no usó el silogismo", dice, sino la parábola.

Y las Instituciones Católicas, de Francisco Amado Pouget, que le recomendó siete años atrás su querido amigo y protector, el deán José Pérez Calama, recientemente nombrado obispo de Quito, Ecuador.

4. LAS OBRAS CRITICADAS

Se encuentran igualmente las obras que han sido demolidas por la crítica del Maestro, entre ellas, el Clypeus, de Gonet; obra, según él, complicada y prolija porque "ocupa en dos pliegos lo que podría decir en dos planas"; llena de defectos, entre los cuales destaca el que siendo un Tratado de Teología, introduce múltiples cuestiones filosóficas y "otras cosas inútiles", de tal modo que si de los cinco tomos se entresacaran éstas, de lo que quedara no se podría formar ni un solo tomo". No se trata de un compendio -dice Hidalgo- sino de un dispendio. Carece de hechos históricos y lo peor es que, en los pocos que presenta, "no dejó de pecar contra la Historia". Otro defecto, su falta de crítica. "Apenas hay una que otra obra apócrifa -agrega el Maestro- que él no reciba como genuina".

Para probar los errores de Gonet, el crítico nicolaita se valió en su oportunidad de las obras de Cano, Serry, Barbadiño y Graveson, entre otras; pero también de la Colección de Cánones, de Pedro de Marca; de la Respuesta al Rey de Inglaterra, del cardenal Perronio; de la Disertación de la Iglesia Africana, de Esquelstrato; del Diccionario Portátil de los Concilios, de Francisco Pérez Pastor, e incluso de la Eneida, de Virgilio, así como del Teatro Crítico, en 8 tomos, y las Cartas Críticas, en 5, de Benito Jerónimo Feijoo, que son las únicas obras -estas dos últimas- escritas en castellano, ya que las demás lo están en latín.

"No basta con leer la Biblia -dice el Maestro-, es necesario que su lectura concuerde con la doctrina"; la cual, a su vez, está formada por "dos limpidísimas fuentes", que son: los libros canónicos en los que se encuentran las definiciones de los concilios, y las doctrinas de los Padres de la Iglesia.

La tesis del Maestro Hidalgo es la misma que desarrollaría Francisco Javier Alegre -el teólogo de la democracia mexicana-, durante los últimos 18 años de su vida en el destierro, en Bolonia, en sus Instituciones Teológicas, que ocupan 7 volúmenes, en latín. "Valiéndose de los Libros Sagrados -dice Maneiro-, de los Santos Padres y de los Concilios, expuso con claro método todos los dogmas de nuestra fe, desterrando de su obra el método de las escuelas (la escolástica) y las cuestiones inútiles o intrincadas".

Tres volúmenes habían sido publicados un año después de su muerte, en 1789; los dos siguientes, en 1790, y los dos últimos, en 1791; todos, después de escrita la Disertación del Maestro Hidalgo. Los cinco primeros tomos publicados se encuentran ya en la biblioteca del rector nicolaita.

Desde muy joven, Alegre se inspiró en la obra de Natal Aragonense, Tratado de la Lectura de los Santos Padres, en la cual se había fundado antes el propio Hidalgo para escribir su breve Disertación.

Y en efecto, "¿cómo sabremos cuál es el sentido en que la Iglesia entendió siempre los libros canónicos -dice el Maestro Hidalgo-, si no se leen los concilios donde expone su mente? ¿Cómo nos certificaremos del consentimiento unánime de los Santos Padres, si ni aún sabemos quiénes son los Santos Padres? Lo mismo digo en el orden a las tradiciones de que son fieles depositarios: si no consultamos sus escritos, ¿cómo conoceremos las tradiciones apostólicas?" El verdadero método para estudiar la teología, en opinión del rector de San Nicolás, es beberla en sus fuentes.

5. TÍTULOS SOBRE AMÉRICA Y MANUSCRITOS

En otro orden de ideas, encuéntranse también múltiples obras en castellano que tratan sobre las cosas de América, su descubrimiento, su conquista, su colonización y, sobre todo, el sentido que tuvieron estos acontecimientos en la historia universal. Obras históricas, antropológicas y teológicas al mismo tiempo, que es común encontrarlas en bibliotecas particulares de la época. No hay una sola razón para pensar que no estén en la del Maestro Hidalgo.

Destacan entre ellas, la Historia General de las Indias, de Francisco López de Gómara; la Historia Natural y Moral de las Indias, de José de Acosta; El Origen de los Indios del Nuevo Mundo, de Gregorio García; la Historia de las Indias, de fray Diego Durán; la Historia General de las Cosas de la Nueva España, de Bernardino de Sahagún; la Política Indiana, de Solórzano y Pereyra, y otras más. No podría omitirse la Historia de México del desterrado jesuita Francisco Javier Clavijero.

Hay también un volumen empastado en piel en el que se encuentran numerosos sermones y obras relacionadas con Nuestra Señora de Guadalupe. Lugar especial ocupan los escritos del teólogo mexicano don Miguel Sánchez, en los que, además del pasado espiritual de esta nación continental e interoceánica, se profetiza su futuro...

6. LA VISIÓN HISTÓRICA DEL TEÓLOGO

Hidalgo es un teólogo; pero, ¿qué es un teólogo? Pudiera decirse que es alguien que tiene una visión del mundo no sólo general y universal, sino también, en cierto modo, intemporal o eterna. Para él, la marcha del hombre desde su origen hacia su consumación está dicha, anunciada y escrita desde siempre. La lectura de los textos sagrados le permite visualizar el principio y el fin de todas las cosas: lo que fue y lo que será; la historia -pasada y futura- del cielo, de la tierra y del género humano. Historia que empieza con la creación del mundo, el Génesis, y termina con su destrucción: el Apocalipsis.

Entre el comienzo y el fin, Dios encarna en un hombre que tiene las cualidades y defectos de todos los hombres; en un pueblo histórico, que es el judío, y en una época concreta, que es la del apogeo del imperio romano.

Este sencillo acontecimiento parte en dos la historia universal: una es la que ocurre antes, otra la que vendrá después. En las Escrituras, este concepto de la historia está implicado o sugerido. En la Ciudad de Dios de San Agustín, en cambio, está expreso y sistematizado. Esta noción de la historia tiene dimensiones no sólo de pasado sino también de futuro.

De este modo, la historia universal no es más que la penosa marcha de la humanidad desde sus orígenes hacia su postrero destino. En las primeras páginas de la Biblia se cuenta el principio de los tiempos; en las últimas, el fin. Por eso comienza con el canto de amor del Génesis y acaba con el himno fúnebre del Apocalipsis.

En el libro inicial sopla la primera brisa que refrescó al mundo, nace el primer sol que encendió los cielos, brota la primera flor que hizo estremecer la tierra, se siente la primera caricia amorosa que hizo temblar al ser humano. En el último, se percibe agonizante el último rayo de luz, la última palpitación de la naturaleza, la póstuma mirada de un moribundo. Y entre este réquiem mortal y aquel primer idilio, se ven pasar, unas en pos de otras, todas las generaciones, y luego, todos los pueblos de la antigua historia: las tribus con sus patriarcas, las monarquías con sus reyes, las repúblicas con sus magistrados, los imperios con sus emperadores. Babilonia pasa con su abominación, Nínive con su pompa, Menfis con su sacerdocio, Jerusalén con su templo y sus profetas, Atenas con sus artes y sus héroes, Roma con sus diademas y los despojos del mundo. Nada es firme. Todo vive y muere, pasa y desaparece, dejando al final "la misma huella que el humo en el viento -diría Dante- o la espuma en el mar".

En el gran Libro de los Libros -según los teólogos- están dichos y prefigurados todos los cantos y elegías, todos los poemas y alabanzas -pues en ningún templo resonaron tantos y tan bellos como en el de Israel-; en él están vistas y previstas todas las catástrofes, todas las lamentaciones, todas las desdichas y todas las traiciones del pasado y del porvenir. Y advertidos también los hechos insólitos, las maravillas, los milagros, las cosas que se han visto y las que han de verse.

En la Biblia está escrito, así sea en lenguaje críptico -reservado a los iniciados- lo que ocurrirá en la nueva historia universal, la del futuro, la que corre desde la resurrección de Jesús hasta el fin de los tiempos. Entre este nuevo principio -el cristiano- y el fin definitivo existe una "edad media", cuyo desarrollo está profetizado en las páginas del libro excelso. Todo está predicho, anunciado, advertido. ¿Todo...?

7. LA RUPTURA DE LA VISIÓN

¿También algo tan fuera de lo común como la existencia de un nuevo mundo? ¿También el descubrimiento de un nuevo continente, llamado de Las Indias o América? ¿También algo tan inesperado como el surgimiento de una nueva humanidad, no descendiente de Adán y Eva...?

¿Por qué no imaginar al Maestro Hidalgo abriendo el libro de Francisco López de Gómara? En su Historia General de las Indias, señala el autor, sin hipérbole, que "la mayor cosa después de la creación del mundo (exceptuando la encarnación y muerte de quien lo creó) es el descubrimiento de las Indias, y así, las llaman Nuevo Mundo"? Este hecho, habiendo sido tan trascendental, ¿por qué no fue previsto en los libros sagrados?

La ciencia del medievo descansaba en un mundo de tres continentes: Europa, Asia y África, simbólica expresión de la santa trinidad y de las tres coronas de la tiara pontificia. Tres habían sido los hijos de Noé. Tres los reyes magos. El surgimiento de un cuarto continente había sido tan inesperado, que el pensamiento había quedado reducido a uno de estos dos extremos: o el nuevo mundo no existía realmente, es decir, no era nuevo, sino una ilusión colectiva, o lo que no era más que una ilusión eran los textos sagrados.

Tómese en cuenta, además, la cuestión de los habitantes de este cuarto mundo. ¿Eran descendientes de Adán y Eva? ¿Eran otros sus orígenes? ¿Era otra humanidad? Colón decía que no eran negros ni canarios. Su enigmático linaje atacaba los fundamentos teológicos de la historia y las bases históricas de la teología. Su irrupción inesperada lo bamboleaba todo.

De haber una verdad distinta a la verdad revelada; de ser el nuevo mundo "nuevo hasta para el mismo Dios", y de existir hombres creados, no por él, sino por el demonio, todo el pensamiento europeo, desde San Agustín hasta Suárez, no tenía ningún fundamento.

Así como el astrólogo ve en el juego de los astros la suerte de los hombres, el teólogo advierte en las Escrituras el sentido de la Historia Universal. El nuevo mundo y sus habitantes debían encontrarse necesariamente profetizados en ellas. De su forzoso registro dependía la supervivencia espiritual de Occidente. Y los teólogos españoles, "los mejores teólogos", en opinión del Maestro Hidalgo, se pusieron a trabajar ardua y diligentemente para encontrarlos en sus páginas.

Su búsqueda sería tan apasionada y trascendental, como la llevada a cabo por los exploradores y conquistadores del Nuevo Mundo. Y consumarían la hazaña intelectual, con el mismo arrojo y la misma audacia, con las que los soldados hicieran la de las armas.

Gracias a sus descubrimientos bíblicos y, sobre todo, a sus osadas interpretaciones, súpose que el nuevo mundo había estado anunciado desde siempre; que los indios eran descendientes de la pareja original y procedentes, además, del viejo mundo, aunque no hubiesen conocido el evangelio antes de la llegada de los españoles, y que éstos habían sido elegidos por el cielo para hacérselos saber.

El pueblo español resultó de este modo protagonista de una nueva alianza con Dios, destinado por ello mismo a ocupar un lugar de vanguardia en la historia universal, a formar un imperio mundial y a preparar el advenimiento del reino milenario, después de lo cual vendría el fin de los tiempos...

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