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José Herrera Peña

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En esta sección, se presentan los capítulos del libro "Maestro y Discípulo", de José Herrera Peña, editado por la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Michoacán, México, 1995, y reimpreso en 1996.

Esta obra reconstruye la personalidad de don José Ma. Morelos y Pavón a partir del juicio que le siguió el tribunal de la Inquisición y hace referencia a las relaciones académicas y personales que tuvo con su Maestro, el rector Miguel Hidalgo y Costilla.

PRESENTACIÓN

Quisiera decir que estas páginas se refieren a la vida de José María Morelos y Pavón. A su vida, desde que nació en 1765 hasta los cuarenta y cinco años de edad, en que se lanzó a la guerra de independencia. A su vida, contada por él mismo ante los jueces inquisidores que lo juzgaron para condenar sus ideas. En parte lo es. Pero su vida, estrictamente hablando, puede ser descrita en unas cuantas líneas. En un alarde de síntesis, el propio declarante lo hizo con no más de cincuenta palabras.

Luego entonces, más que un relato de su vida, lo que se ofrece aquí es un panorama del mundo educativo, cultural, político y social de aquella época; cuya perspectiva se abre a partir de uno de los pasajes más impresionantes del juicio inquisitorial que se le siguió a Morelos: aquél en que se refirió a don Miguel Hidalgo y Costilla como su Maestro en el Colegio de San Nicolás de la antigua Valladolid de Michoacán.

Los vínculos de Morelos con el rector de San Nicolás lo marcarían para siempre. No habiendo sido su alumno en las aulas, sería sin embargo su discípulo fuera de ellas. Se conocieron en los claustros académicos y estrecharon sus relaciones gracias a las generosas enseñanzas extra cátedra que aquél impartió a éste. Conservarían su amistad toda la vida. El tratamiento que años más tarde daría Hidalgo al colegial Morelos sería el de "querido discípulo y amigo".

Una relación semejante sería la que se dió antes entre Hidalgo, jamás alumno de Francisco Javier Clavijero en el Colegio de los jesuitas, a pesar de haberse conocido y tratado personalmente. Hidalgo terminaría convirtiéndose, como en el caso anterior, en discípulo y amigo del autor de la Storia Antica del Messico. La admiración permanente que Hidalgo guardara a su Maestro Clavijero sería similar a la que Morelos le tributaría. ¿Por qué? ¿Qué tipo de enseñanzas se trasmitieron uno al otro? Estas páginas fueron escritas alrededor de tales preguntas y plantean hipótesis que fueron inspiradas al autor por la lectura de Jacques Lafaye y Francisco de la Maza, entre otros.

Capturado por sus enemigos, Morelos fue sujeto a un intenso interrogatorio. De todos los funcionarios coloniales que lo asediaron, los jueces inquisidores tenían necesidad de conocer íntimamente al detenido, su vida personal, su ejercicio profesional, su actuación social, sus relaciones familiares, sus ideas y sus sentimientos, antes de que éste sobresaliera en la guerra de independencia. Nosotros también. Por eso, al igual que los inquisidores, me atreví a plantearle numerosas preguntas, con la desventaja de que ellos lo conocieron personalmente y yo no.

Sin embargo, presionados por el tiempo para finalizar el juicio sumario en no más de tres días, muchas de sus vivencias -la mayor parte de ellas- se mantuvieron fuera de las actas. Consecuentemente, en el juicio no quedaron registradas más que las preguntas fundamentales, las que requerían en función de sus intereses políticos, o sea aquéllas que les interesaban para justificar su sentencia: a todas las cuales el acusado dio breve respuesta. Quedó igualmente fuera de actas el contexto en que ocurrieron los hechos. Para ellos, todo estaba al frente y aparecía del mismo tamaño. Peor aún, los pequeños asuntos los vieron grandes y los grandes los perdieron. Los árboles les impidieron contemplar el bosque. De este modo, lo que ganaron en intimidad a través del conocimiento personal, lo perdieron por pasión política, odio e indiferencia.

El hombre de nuestra época es totalmente extraño a aquélla. Sin embargo, aunque imposible integrarse al pasado, la lejanía le ayuda a entenderlo. Cierto que la distancia no le confiere necesariamente certeza, pero el individuo actual puede ver el bosque con más facilidad que los árboles. Percibe mejor el todo que las partes. También le es más sencillo distinguir lo importante de lo baladí. Es más objetivo. Ser objetivo no significa ser neutral o no tomar partido. No hay nadie que sea estrictamente neutral. Sin embargo, la distancia es una especie de removente que enfría el juicio y permite apreciar los hechos con mayor serenidad, ecuanimidad y justicia, a veces imposible para el contemporáneo de los acontecimientos.

Por eso, aunque es una desventaja no haber tenido reporteros, cámaras de televisión o internet en aquel tiempo, el hombre de hoy puede acercarse a lo ocurrido en ese entonces gracias a lo que pudiéramos llamar tecnología histórica. Valiéndome de ésta, pude hacer numerosos acercamientos a la época y, sobre todo, a los momentos en que se conocieron Maestro y Discípulo. A través de dicha técnica, fue posible distinguir con precisión tanto el perfil personal de ambos personajes, cuanto el paisaje -natural y social- en el que vivieron y lucharon.

También resultó relativamente fácil, como ya lo dejé dicho, someter a Morelos a nuevos interrogatorios, obvios para el tribunal pero no para nosotros. Sin ningún plazo para terminar la labor, no vacilé en detenerme en todo aquello que, marginado de la perspectiva histórica, parece nimio; pero sin lo cual no hubiera sido posible conocer mejor al personaje.

En cuanto al nuevo cuestionamiento hecho por el autor de estas páginas al notable acusado, la mayor parte de las respuestas son de éste, como lo es la ampliación de sus declaraciones. Sin embargo, me vi obligado a reconstruir algunas de sus afirmaciones echando mano a documentos y testimonios de la época o fundándome en atrevidas hipótesis. Por otra parte, muchas preguntas quedaron vibrando en el aire, sin respuesta; pero en lugar de extraerlas del texto, las dejé allí para curiosidad de las nuevas generaciones.

Deploro haber escrito una historia tan larga para periodo tan breve, pero aunque la escribí hace muchos, muchísimos años, nunca tuve el tiempo de sintetizarla. Cierto que después lo tuve; pero resumirla hubiera sido reescribirla y sustituir el texto fresco de un hombre joven por el más "acartonado" de otro, diferente a aquél. Preferible conservar su relativa aunque extensa ligereza, que apretarla para dejarla en una síntesis más pesada.

De todos modos, la lectura de estas páginas no es fácil. No hay violencia, ni crímenes, ni sangre, ni sexo, ni lucha por el poder para acelerar la velocidad del relato, sino -en la primera parte- escuelas, aulas, clases, libros, profesores, estudiantes, exámenes, actos académicos, ideas y costumbres: todo en un universo mitad medieval, mitad renacentista, mitad europeo, mitad indígena, mitad esotérico, mitad político, en el que a veces las cosas se entremezclan y se empantanan.

Esta lasitud es interrumpida de vez en cuando por el chasquido del látigo fuera de los claustros académicos; por el estremecimiento de los sueños eróticos en las horas de descanso, y por el aterciopelado deslizamiento de las ambiciones personales arrastrándose como sombras por los rincones de los edificios.

Escúchanse mucho después -en la segunda parte-, el percutir de las herramientas de construcción, al levantar Morelos el templo de Nocupétaro y labrar personalmente su púlpito; el relincho de las bestias, cuando éste emprende intensas actividades mercantiles que lo hacen viajar frecuentemente de la Tierra Caliente a la capital de la provincia, y los susurros de los amores prohibidos.

Acompañar al cura en sus tareas estrictamente profesionales tampoco es nada excitante, ni siquiera cuando recorre los largos caminos de la Tierra Caliente hasta los lugares remotos para bautizar a los recién nacidos o dar la extremaunción a los muertos. Sin embargo, el interés se reaviva al contemplar las reyertas en las que participa; aumenta al conocer a la mujer que ama, y queda en suspenso al observar la casi indiferencia con la que observa los acontecimientos políticos que conmueven al reino de la Nueva España en 1810.

Nada de lo expuesto es ficción, aunque a veces lo parezca. Y es que, así como la realidad es más sorprendente, increíble e inesperada que la fantasía, del mismo modo la historia es más fascinante que la novela. Por cierto, hay cierto paralelismo entre historiador y novelista: ambos usan su imaginación; mas el historiador no lo hace para inventar, como el novelista, sino para seleccionar hechos, clasificarlos y colocarlos en el lugar adecuado. En esta materia, la destreza en la organización de los hechos es lo que determina la forma y calidad del producto.

Ahora bien, cuando se escribe sobre el pasado, aunque se busca lo que realmente sucedió, no se puede estar completamente seguro de haber capturado fiel e íntegramente los acontecimientos. La realidad histórica, como el agua que se desliza entre las manos, es sumamente huidiza. Consecuentemente, lo menos que se puede hacer es permanecer dentro de la evidencia, apegarse a ella y obtener conclusiones congruentes, no con el pensamiento del autor ni con los prejuicios de los historiadores, sino con las premisas planteadas.

Para evitar influencias virtuosas o perniciosas de otros escritores, lo ideal es acercarse a los hechos a través de las fuentes primarias. Las fuentes secundarias deben usarse como guías al comienzo del proyecto, para plantear el esquema general de lo que realmente pasó; pero no seguirlas, porque al hacerlo se termina por reescribir el libro de otro y no el propio.

Si en este caso recurrí a algunas fuentes secundarias es porque, en primer lugar, éstas reproducen fuentes primarias que, de otro modo, hubieran permanecido inaccesibles para mí, y porque, en segundo, plantean puntos cruciales de referencia -frívolos, tendenciosos o inexactos- que es necesario desarticular en aras de la lógica histórica. He aquí la prueba de lo dicho con anterioridad: se podrá ser más o menos objetivo, pero no neutral.

Así, pues, me hundí en las fuentes primarias; pero no sólo en las escritas sino también en las no escritas. En las fuentes escritas, como cartas, informes, solicitudes, expedientes, actas, acuerdos, resoluciones, sentencias, reglamentos, programas de estudio, libros, folletos, cuadros estadísticos e incluso periódicos de la época. Y en las no escritas, como la geografía, el paisaje, el clima, la arquitectura, las obras de arte, las expresiones espirituales y las tradiciones orales. De ambas fuentes -escritas y no escritas- extraje los hechos, las ideas y las emociones que forman la trama de esta historia.

Las fuentes no escritas las viví. Hace mucho, muchísimo tiempo, estudié en el Colegio de San Nicolás. Enseñé en él. No en el mismo edificio donde ejerció la cátedra por veinte años el Maestro Hidalgo y estudió dos Morelos, porque fue destruido por el odio; pero sí en el actual, edificado sobre las ruinas de aquél. Viví virtualmente en las mismas aulas, contemplé los mismos atardeceres y respiré el mismo aire que ellos. Escuché las anécdotas que todavía se cuentan sobre su vida. Después de siglo y medio, casi oí sus pasos. Sentí con fuerza su presencia.

Visité durante años el antiguo Seminario Tridentino, en el que Morelos hizo su bachillerato en Artes, hoy Palacio de Gobierno, así como el antiguo Colegio de San Francisco Javier, hoy Palacio Clavijero, en el que estudiara Hidalgo. Recorrí miles de veces la hermosa ciudad de Morelia -la antigua Valladolid- y admiré sus pi