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José Herrera Peña

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José Herrera Peña
Sala del Pleno
Supremo Tribunal de Justicia en el Estado de Michoacán de Ocampo.

Polémica sobre el caso

Dos interpretaciones de la misma historia

I

La versión de Vicente Leñero y Herrejón

¿Cuál fue la actitud de don José Ma. Morelos al ser aprehendido por sus enemigos y recluido en las cárceles secretas de la Inquisición? ¿Se arrepintió de haber participado en la elaboración de la Constitución de Apatzingán? ¿Rechazó haber contribuido a forjar el alma jurídica de la nación mexicana? ¿Declaró realmente que cuando firmó el Decreto Constitucional de referencia no sabía lo que hacía?

¿Transmitió a sus enemigos información militar calificada de confidencial? ¿Delató a algunos de sus compañeros de armas? ¿Se le doblaron las rodillas frente a sus enemigos? Luego entonces, ¿espantado ante la muerte, se quebró en los momentos decisivos, se hincó ante sus enemigos y les pidió perdón...?

Estas y otras delicadas cuestiones, planteadas desde hace mucho tiempo entre los historiadores profesionales -nacionales y extranjeros- sin darles ningún crédito, fueron reformuladas en los últimos años, en el mismo sentido, por dos autores mexicanos: uno de ellos, dramaturgo, y el otro, historiador.

El primero, Vicente Leñero, lo hizo en una obra de teatro que causó conmoción y hasta cierto escándalo, titulada Martirio de Morelos -puesta en escena en uno de los teatros de la UNAM-; el segundo, Carlos Herrejón Peredo, en un trabajo de distinto género, de carácter rigurosamente histórico, que se publicó calladamente, casi en secreto, llamado Los Procesos de Morelos.

La de Vicente Leñero, aunque fundada en las actas de los procesos, es una obra literaria, poética, de ficción. En ella, el autor da a los documentos una interpretación nada favorable a su "martirizado" personaje.

En una de sus primeras declaraciones, por ejemplo, Morelos explica las causas del fracaso de la guerra de independencia. Señala dos. Son las mismas que hacen fracasar a cualquier movimiento político o militar, en cualquier lugar del mundo y en cualquier época de la historia: sus antagonismos internos y la falta de apoyo exterior.

Esta parte del drama histórico es aprovechada por Leñero para exhibir al reo insurgente, en el mejor de los casos, como un hombre contradictorio, y en el peor, angustiado, decepcionado y hasta arrepentido.

Debe advertirse que, en el fulgurante interrogatorio que se produjo en el tribunal, las respuestas de Morelos, como los disparos de un fusil, son breves y precisas. En cambio, ésta es larga y confusa. A veces se revela como un hombre íntegro, vertical, y a veces, como un ser quebradizo y descompuesto. Al empezar surge el primero. Al terminar, el otro.

Al principio admite haber sostenido sus ideas "con el mismo esfuerzo de principio a fin"; es decir, desde que se incorporó a la causa nacional e improvisó su pequeño ejército insurgente, hasta "los últimos tiempos". Su respuesta, tanto en las actas del proceso como en la obra de Leñero, corresponde a la pregunta que le fue hecha por los jueces.

En seguida, sin que nadie le pregunte nada -primer absurdo-, se corrige en cierto modo, pues agrega que al final (los últimos tiempos), "se desengañó" de poder alcanzar el triunfo de su causa, tanto por "la diversidad de dictámenes" entre sus compañeros de lucha, cuanto por la falta de recursos y de tino. A partir de este momento empieza a dar la apariencia de un hombre deprimido, angustiado y desilusionado.

Nadie ignora que la lucha por la independencia, además de haber sido una guerra a muerte contra el gobierno colonial -dependiente de España- fue también en todo tiempo -por lo que a la insurgencia se refiere- un movimiento político estremecido por sus apasionadas contradicciones internas.

De más está citar los fuertes antagonismos entre Hidalgo y Allende, López Rayón y Morelos, éste y el Congreso, y así sucesivamente. Esto significa que, ni las reyertas de los insurgentes, ni los escasos recursos de que siempre dispusieron para hacer la guerra, fueron algo nuevo para el cautivo, que lo pudiera amedrentar, desanimar o "desengañar".

Al contrario. Su fuerza la adquiriría y aumentaría entre tales choques, conflictos, faltas y carencias. Por eso resulta difícil aceptar que un hombre que se abre paso en medio de tantos obstáculos y alcanza el supremo poder entre los suyos; que lo utiliza para aterrorizar a sus enemigos así como para unificar a innumerables insurgentes divididos, y que lo conquista, además, sin tener al principio armas, recursos, hombres o asesoría (y ni siquiera un nombramiento formal -por escrito-, pues no contaba más que con "instrucciones verbales" de su jefe Hidalgo), sea el mismo que ahora se muestre escéptico del triunfo "por la diversidad de dictámenes" y la "falta de recursos y de tino".

Pero Leñero no repara en ello, sino para hacer fácil lo difícil y admitir lo inadmisible; es decir, para presentar a un Morelos confuso, titubeante e inseguro, al que parece no interesar nada más que salvar la vida.

Normalmente -sin pregunta de por medio- la declaración debió haber terminado aquí (si no es que en el párrafo anterior); pero, incomprensiblemente -lo mismo en actas que en la escena-, el detenido, al seguir hablando, se convierte otra vez en su contrario, es decir, en hombre de una pieza y seguro de sí mismo, al admitir haber pensado reorganizar su gobierno, hacerse de recursos y pasarse más tarde a Nueva Orleans o a Caracas, en busca de ayuda.

El personaje "desengañado" que surge en la obra dramática se escapa por un momento al autor -a pesar suyo- y adquiere de pronto una dimensión política distinta. Deja de ser aquél que, desilusionado y triste, es abatido por el peso de la adversidad, y se transforma -sin transición- en alguien que, al contrario, decide enfrentarse a ella mediante un plan que abarca dos aspectos fundamentales: la reorganización del ramo de hacienda, en el interior, y la búsqueda de ayuda exterior en la América del Norte y en la del Sur.

La declaración del héroe, sin embargo -en actas y en la obra citada-, tampoco termina en este punto. Nuevamente, sin que nadie le pregunte nada, insiste en seguir hablando, contradecirse y claudicar (esta vez sin cortapisa alguna), al expresar también que proyectó viajar "a la antigua España (son sus palabras) para presentarse al rey, si es que se había restituido, a pedirle perdón".

La frase es fuerte. No corresponde a la misma persona que acaba de hacer planes para reorganizar la hacienda pública y promover el reconocimiento del exterior, ni menos al que ha sostenido sus ideas "con el mismo esfuerzo de principio a fin".

Leñero, como algunos otros que se han ocupado del tema, pasa por alto un movimiento de ideas tan irregular. Tampoco advierte lo extraño de ese viaje, con objetivos enteramente opuestos: a Estados Unidos y a Venezuela, en busca de ayuda para consumar la independencia, y "a la antigua España" para lo contrario, es decir, para olvidar la lucha e implorar el perdón del rey.

El autor, penosamente impresionado -al parecer- por esta última parte de la declaración, y sin buscar las razones de tan burda contradicción (que se expondrán más adelante), divide lo expuesto por Morelos en varias partes y las hace preceder de preguntas -inventadas por él-, que pone en boca de los jueces.

Esta licencia poética, aunque hace más ágiles los parlamentos en función de la representación, da coherencia a lo incoherente y lógica a lo absurdo, en demérito del personaje, que se le empieza a derretir como un muñeco de cera.

El espectador -o el lector- empieza a pensar, aún sin quererlo, que el prisionero, con el pretexto de buscar ayuda, quiso en realidad aprovechar su viaje al exterior para huir y echarse a los pies del rey. A medida que avanza la obra, el hombre de la escena, desgarrado, descompuesto, aniquilado, se deshace más y más.

Es tan fuerte esta tendencia hacia el desmoronamiento que, en cierto momento, el autor se ve obligado a hacer a un lado las actas del proceso a fin de resolver el drama a golpes de imaginación. Consecuente con su planteamiento inicial, hace decir a Morelos lo que éste jamás dijo; es decir, lo hace abjurar de "todas las herejías" contenidas en el Decreto Constitucional de 22 de octubre de 1814 y retractarse de haber participado en la lucha por la independencia.

Tal es el clímax del drama. El detenido, acobardado, da la espalda a su propia vida, a sus actos y a sus ideas, cae de hinojos ante sus verdugos y les implora que tengan piedad de él.

Poco después, el Lic. Miguel González Avelar, a la sazón líder del Senado, aprovechó la tribuna de San Cristóbal Ecatepec -en donde fue fusilado Morelos- para fulminar a aquéllos que se atreven a manchar la memoria de los héroes, entre ellos, la del Siervo de la Nación.

Debo advertir que, como otros muchos, nunca estuve de acuerdo con la visión que tiene Leñero de esta tragedia histórica; pero menos aún que pudiera ser eventualmente molestado por sus ideas.

Por eso, a diferencia de algunos, no me sumé a los que exigieron que se prohibiera su representación en un teatro de la Universidad de México. Al contrario. Me permití enviar una carta al rector -con copia al autor- en la que emití mi "voto particular" sobre este asunto.

Y es que, aunque fundada en las actas de los procesos, la de Leñero -como se dijo anteriormente- es una obra de teatro, es decir, una obra de ficción, de fantasía, de imaginación. En este tipo de trabajos, el autor tiene no sólo el derecho sino también la obligación de transmitir al espectador -o al lector- todo tipo de posibilidades dramáticas, incluyendo la de hacerlo sentir y pensar en una forma distinta a la esperada. El único juez para calificar la representación, por consiguiente, es el público, no un funcionario administrativo, sea cual fuere.

Por las razones que hayan sido, la UNAM respetó las libertades de pensamiento y expresión -era elemental-, y permitió que el drama siguiera representándose. Vale comentar que su puesta en escena no tuvo mucho éxito. El público dejó pronto de asistir, y no por otra cosa, sino porque la calidad artística de la representación dejó mucho que desear. Así terminó este episodio.

Dos años después -en 1985-, sin tambores ni fanfarrias, apareció otra obra sobre el mismo tema. Esta ya no fue producto de la imaginación poética, como la de Leñero, sino una especializada investigación histórica escrita por Carlos Herrejón Peredo, editada por el Colegio de Michoacán.

En ella, con documentos al canto y argumentos de toda índole (filosóficos, teológicos, jurídicos y políticos), se sustenta la tesis fundamental de que, al estar Morelos en prisión, se dobló en realidad y no sólo en el escenario; que en efecto tuvo el intento de pedir perdón al rey; que eludió su responsabilidad en la elaboración de la Constitución de Apatzingán; que reveló informaciones de gran valor estratégico y, sobre todo, que se arrepintió y se retractó.

Lejos de ser el héroe es más bien el prototipo del anti-héroe -por lo menos en sus últimos momentos- o, en el mejor de los casos, "humano -diría Nietszche-, demasiado humano".

Lo curioso del caso es que la obra de referencia sería financiada por el Gobierno de Michoacán a cargo del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas y -más curioso aún- subsidiada por la Secretaría de Educación Pública, cuyo titular era el Lic. Miguel González Avelar.

Tales son las paradojas del destino. Por un lado, ese año se lanzaba el nombre de Morelos al espacio sideral -impreso en dos satélites artificiales-, en homenaje a su carácter de fundador de un Estado nacional. Por otro, se publicaba una sesuda obra de investigación -apoyada por Cuauhtémoc Cárdenas y Miguel González Avelar- que, sin proponérselo, ponía en duda la justicia de dicho homenaje...

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