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José Herrera Peña

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Capítulo XIII

No hizo nada semejante por ninguna otra nación

1. ASUNTO TEOLÓGICO, NO JURÍDICO

Al referirse a las razones por las cuales España debía ejercer su jurisdicción y señorío sobre los pueblos de este continente, Francisco de Vitoria ya había sentado cátedra, a principios del siglo XVI, en la Universidad española de Salamanca: "No pertenece a los jurisconsultos este asunto -dijo- o, al menos, no a ellos solos. Porque como aquellos bárbaros (los del nuevo mundo) no están sujetos por derecho humano, sus cosas no pueden ser examinadas por leyes humanas, sino por las divinas, en las cuales los juristas no están lo suficientemente peritos para poder definir por sí semejantes cuestiones".

Si los fundamentos de la dominación política de España no eran tanto de derecho humano cuanto de derecho divino -en tesis de Vitoria- de esta misma índole, de derecho divino, más que humano, debían ser los fundamentos de su liberación.

A partir de entonces la teología se convierte en arma de combate. Frente a la española, que había servido de base a la dominación, nace y se afirma una nueva expresión teológica americana y liberadora. Y si el asunto de la sujeción no es competencia tanto de los jurisconsultos cuanto de los teólogos, el de la liberación, por consiguiente, tendrá que ser, en principio, tarea de los teólogos, más que de los jurisconsultos; que el fuego se combate con el fuego.

Por eso, no es extraño que el rescate de la dignidad nacional ocurra, no en los gabinetes de juristas sino de los teólogos como Miguel Sánchez, Francisco Javier Alegre o Miguel Hidalgo y Costilla, ni tampoco que una de las principales aspiraciones de Morelos -el recio discípulo del rector de San Nicolás- sea hacer estudios en la materia.

Por otra parte, si la teología dominante afirma que las bases del dominio ibérico sobre el universo radican, no tanto en las bulas papales cuanto en los textos bíblicos, la nueva teología rebelde sostendrá que lo que se lee en dichos textos no es el dominio de aquéllos sino el surgimiento providencial de una nación destinada a ser faro y guía de las otras naciones para ampararlas y protegerlas.

Si la teología hispánica, en conclusión, había condenado a América a quedar sometida, por derecho divino, a los designios de España, la teología americana proclamará, por su parte, que el nuevo mundo fue diseñado por derecho divino para brillar con luz propia e iluminar al viejo. Este inesperado y sorprendente giro que se le da al asunto teológico -trasfondo ideológico del asunto político- imprime fuerza a la conciencia nacionalista criolla y, al mismo tiempo, dilata sus vastas proyecciones universales. La nueva mística crea las bases no sólo de la emancipación espiritual de la América mexicana -condición previa e indispensable para su emancipación política- sino también las de su propia vocación imperialista, es decir, las de su futuro dominio universal. La nación guadalupana está llamada, según esta tesis, a presidir la marcha de los pueblos del mundo hacia su destino culminante. 

2. EUROPA SE INCLINA ANTE AMÉRICA

De acuerdo con el mensaje de los teólogos hipotéticamente evocados por el Maestro de San Nicolás, la aparición de María Guadalupe aproxima a la humanidad, no tanto al final de los tiempos cuanto al principio de una nueva era universal presidida por su grandeza y majestad.

¿Qué era América antes del prodigio? "He aquí desesperación y tinieblas, angustiosa oscuridad, noche hacia la cual había sido empujada -dice Isaías-; pero no habrá más oscuridad para la nación que está en la angustia". Gracias al brillo celestial de María el pueblo sufriente se transfigura. Se ilumina su porvenir. Todas las naciones empezarán a ser atraídas por la luz del milagro. México queda convertida en la capital del mundo: en la nueva Jerusalén, la nueva Roma. "Levántate y conviértete en luz porque la gloria de María resplandece sobre ti. Las tinieblas cubren la tierra y la oscuridad de los pueblos; pero sobre tí resplandece María y aparece en su gloria. Las naciones marcharán hacia tu luz y los reyes hacia el estallido de tu esplendor".

Esta línea de pensamiento se inicia con una declaratoria de independencia espiritual. México deja de padecer la vergüenza de tener un pasado idolátrico. La Nueva España no sólo deja de ser nueva sino también española. Ahora será América y empezará a ser mexicana. Hacía poco tiempo el Papa se había arrodillado ante la efigie de Guadalupe. Dicho en otros términos, el poder espiritual del mundo se había doblegado ante la patria, simbolizada en la imagen. El jesuita Ita y Parra, profesor de teología en la Universidad de México, dirá en un sermón en 1747: "La América ya no teme que se le enrostre su idolatría". Ya había pagado sus cuentas con Europa, con Madrid e incluso con Roma. Ya no le debía nada a nadie. "Si México recibió la fe de Roma -dirá en 1758 Francisco Javier Lazcano- ya le pagó a Roma con creces, pues -agrega el jesuita- dobló la tiara la rodilla".

Por otra parte, si España había dado la cultura a México, éste "la había retornado ya a la Corte con usuras" al permitirle, entre otras cosas, erigir la Congregación Guadalupana de Madrid, de la cual el propio rey había sido el primer sumiso congregante. México tenía ya un alma propia ante la cual se había humillado el monarca español.

La nación mexicana estaba llamada a ser una nación imperial, no porque el gobierno español le hubiese conferido tal título de nobleza sino porque sus raíces históricas se hundían en lo que había sido la sede del "imperio azteca" y, sobre todo, porque le pertenecía a María Guadalupe, "emperatriz de América". Era una nación "imperial" por su pasado, pero fundamentalmente por su futuro.

México, la nueva Roma, llegaría a opacar a ésta en gloria y grandeza, lo mismo que a Israel y "¡a todas las naciones del mundo!", al decir de Ita y Parra. "Levántate América ufana -cantaría Sor Juana- la coronada cabeza, y el águila mexicana, el imperial vuelo tienda".

3. NON FECIT TALITER OMNI NATIONI

En 1757, el Papa Benedicto XIV aprueba el "patronato universal" de Guadalupe sobre América. La dama nacida en México se convierte, por decreto del Vaticano, en la patrona del continente.

Consecuentemente, Madrid ya no ejerce su dominio espiritual sobre estos reinos. Ahora lo hace México, ciudad en la que nace María. Se reconoce oficialmente que la América es mexicana. De lo espiritual a lo político no hay más que un paso y éste se dará tarde o temprano. Por lo pronto, ya es un triunfo haber logrado el reconocimiento romano a esta parte del proyecto criollo.

La segunda parte es más ambiciosa. Además de América, el mundo será mexicano. Si hasta ahora la imagen de Cristo ha presidido la iglesia universal, está escrito que ésta ha de ser perseguida por el Anticristo. Su refugio lo encontrará en América. En la exaltación de esta secuencia de ideas, se afirma que la imagen de María, bajo la forma de Guadalupe, sustituirá entonces a la de Cristo. La iglesia cristiana devendrá iglesia mariana. La ciudad de México se convertirá en la capital del mundo. "Todas las naciones -está escrito- afluirán hacia ella. Numerosos pueblos se pondrán en marcha y dirán: venid, subamos a la montaña del Señor"; esto es, al Tepeyac. La devoción por María empieza a eclipsar la devoción por Jesús.

América es fatalmente el destino final de la historia. "Inspirado en este tela divina -dice Francisco Javier Carranza- la sabiduría de Dios ha insinuado la trama delicada de los más altos decretos de la predestinación de este Nuevo Mundo". Estos altos decretos -insinuados por la sabiduría divina- consisten en trasladar el Vaticano al Tepeyac. Tal es el título del sermón pronunciado por otro orador jesuita: "La cátedra de San Pedro pasa a México". Esta creencia se generaliza. "En el Tepeyac -escribe Joaquín Rodríguez, también jesuita- se establecerá el imperio de toda la santa iglesia cuando ésta sea perseguida por el anticristo y obligada a abandonar la ciudad de Roma".

México se convierte en la vanguardia del espíritu, en la ciudad elegida, en la punta de lanza de la historia universal, destinada a guiar a las naciones hacia su destino final. El jesuita Carranza remata este himno con una estrofa breve y de gran fuerza mística y patriótica: "La imagen de Guadalupe -dice- será a fin de cuentas la patrona de la Iglesia Universal, porque es en el santuario de Guadalupe donde el trono de San Pedro vendrá a hallar refugio al final de los tiempos. Ave María".

4. LÓGICA EMOTIVA, NO RACIONAL

¿Es la "santidad" de la ciudad de México una de las razones por la cuales el generalísimo Hidalgo impedirá años después que se reproduzcan en ella los combates dantescos de Guanajuato y termine bañada en sangre? ¿Es por eso que, a pesar de tenerla al alcance de su mano -virtualmente a sus pies- ordena a las fuerzas nacionales que no la asalten ni le prendan fuego?

El Vaticano, en lugar de oponerse a esta suerte de herejía mariana, continuó reconociendo gradualmente su avance. El jesuita Francisco Florencia descubre en el Salmo 147 el mensaje histórico y profético de la aparición guadalupana: Non fecit taliter omni nationi; es decir, no hizo nada semejante por ninguna otra nación. María tiene reservado a su pueblo un destino único en la historia de la humanidad. Al poco tiempo, Roma acepta oficialmente la profecía y el destino reservado a México, y autoriza que el texto del salmo se inscriba a los pies de la imagen.

Pudiera calificarse a este sistema ideológico como disparatado, grotesco o jalado de los cabellos; pero débese admitir que el de los conquistadores no lo había sido menos. La arrogancia de éstos, al autocalificarse como nuevos apóstoles y ubicarse a la derecha del trono divino, generaría una reacción -no menos arrogante- que sitúa al nuevo pueblo americano como rector de los destinos del mundo.  

En esas condiciones, lo que se expresaba ideológicamente en el lenguaje religioso era la emoción política, nacional. El rigor lógico no era necesario. O, mejor dicho, la importancia del rigor lógico no dependía de la razón sino de la fe: ésta era esclava de aquélla, como la filosofía de la teología. Consecuentemente, la lógica de esta creencia no dependía del discernimiento histórico o de la razón geopolítica sino de la mística patriótica y de la exaltación política. Así como la teología americana estaba impregnada de hondas emociones nacionales, la fe patriótica, a su vez, estaba teñida de fuertes sentimientos religiosos. La razón podía discrepar. La fe, no.

Al encontrar los criollos el destino de su mundo, su nuevo mundo -su gran nación continental- en los textos proféticos todos, sin limitación de ninguna clase, empezarían a proyectar sus tesis teológicas, a manera de proyectiles espirituales y políticos, contra Europa -el blanco sería Madrid- y acertarían una y otra vez. La corona empezaría a estremecerse e irritarse ante tal insolencia.

5. EL SUEÑO DE LA GRANDEZA MEXICANA

En el palacio real de la antigua España se había pulsado la situación. El rector de la Universidad de México acababa de declarar en 1742: "No debiera este mexicano imperio despertar jamás del sueño en que reposa su grandeza". Pero empezaba a despertar. Su grandeza -real o imaginada- podía provocar disturbios a la corona. Estas ideas habían ido demasiado lejos. La nueva teología mexicana ya no era una fantasía quimérica, un sueño inocente o un desahogo local. Se había convertido en una amenaza política real.

No se podía condenarla como herejía, a pesar de tener todos los sesgos de parecerlo, porque el Vaticano, encargado de tal labor, había hecho lo contrario: reconocerla y apoyarla como parte de la doctrina de la Iglesia. Era, sin embargo, una herejía política. Representaba un proyecto nacional independiente y, por consiguiente, una amenaza política de dimensión universal y un peligro para la seguridad del Estado.

Los consejeros del rey vieron claramente sus alcances políticos. No importaba tanto que la vieja teología española, que diera alas a la expansión hispánica en el mundo durante el siglo anterior, fuera desplazada por las nuevas ideas de la época. Después de todo, se estaba en el siglo de las luces, de la realidad, de la razón, de la filosofía y de la ciencia. El desplazamiento de la antigua teología por la nueva ciencia, tanto en la metrópoli como en los reinos periféricos, en lugar de censurarlo, había que celebrarlo. Lo que preocupaba es que las viejas tesis teológicas fueran desplazadas por otras tesis igualmente teológicas, de carácter nacionalista y alcances políticos universales. Lo que molestaba, además, era la imposibilidad de atajar su avance y desarrollo incontenibles.

Se había recurrido a todo -sin éxito- para frenar el avance de las nuevas ideas guadalupanas, vale decir, nacionalistas y expansionistas. Los argumentos conciliatorios que pretendieran unir la visión mariana -americana- al tradicional destino teológico español -las rosas españolas con el ayate náhuatl- habían fracasado.

No habían tenido éxito tampoco los intentos de reemplazar las nuevas ideas americanas con las nuevas ideas científicas propagadas por medio de gacetas, libros y establecimientos de enseñanza, poniendo en duda razonable la verdad de la supuesta aparición. Los nuevos "dogmas" guadalupanos y sus proyecciones políticas, en lugar de perder influencia, habían ganado fuerza con el avance de la ciencia. Y no era que la filosofía y las ciencias hubiesen sido rechazadas por los partidarios del nuevo culto nacional. Al contrario. Las habían abrazado y se habían servido de ellas para demostrar la existencia del milagro y, consecuentemente, para agrandar sus repercusiones políticas nacionalistas.

El gobierno español había hecho inclusive veladas pero no menos directas advertencias a los jesuitas -en tanto defensores y propagadores de la nueva fe- de que redujeran el tono de sus mensajes nacionalistas, mesiánicos, imperialistas y apocalípticos. Pero todo había sido inútil.

6. GOLPE A ESTA EXPRESIÓN DEL ESPÍRITU NACIONAL

No quedaba más que frenar esta corriente ideológica por medio de la fuerza. Se aplicaría el método correctivo consiguiente. Los jesuitas constituían el eslabón más débil de la cadena. Sobre este punto debía descargarse el golpe. Había que expulsarlos. Actuar rápida y sigilosamente. Tal es lo que se sospechó desde entonces en San Nicolás.

Expulsarlos únicamente del reino de la Nueva España hubiera sido una imprudencia y un error. Había que hacerlo de todos los dominios ibéricos del mundo, no sólo por ser los propagadores -no oficiales, es cierto, pero no menos reales- de la nueva fe mariana, americana, mexicana y universal, sino también por otros factores que se sumaban a aquél: su poder económico, su riqueza material, su influencia social, sus agravios a la corona, etc.

No importaba, por lo pronto, que la religión guadalupana se hubiera extendido y filtrado socialmente, con todas sus implicaciones y alcances políticos, en toda la América mexicana; lo mismo en los círculos criollos cultos que en las demás capas del pueblo americano -mexicano- en diversos grados de profundidad y matices emocionales. No importaba tampoco que el rey se hubiese doblegado antes, por razones políticas, ante la presuntuosa imagen, en presencia de la Congregación de Guadalupe; ni que en Roma el Papa doblara la rodilla ante ella en señal de respeto. Y no importaba, por último, que el Vaticano hubiese hecho, apenas diez años antes, el reconocimiento de Guadalupe como patrona universal de América y aceptado que nunca había hecho nada semejante por ninguna otra nación.

Lo único que importaba era actuar ahora, antes de que fuera tarde, contra el único grupo organizado que sostenía los nuevos principios marianos. Debíase aplastar el nido principal del nuevo culto, el partido político de la emoción nacional americana, la orden de los jesuitas. En 1767, Carlos III decreta su expulsión...

7. LOS CABALLEROS DE LA ORDEN DE GUADALUPE

Ya era tarde. La idea nacional había germinado en el alma de América y se expresaría no sólo en el lenguaje teológico, como hasta entonces, sino también, más tarde, en el filosófico, el poético, el científico, el técnico, el artístico, el cultural y el político. En cada nuevo espacio del espíritu, la nación diría, a su modo, lo que sentía, lo que pensaba, lo que tenía, lo que buscaba, lo que era y lo que quería.

Por lo pronto, aunque ensayaba en ese momento nuevas formas de expresión en la literatura, el arte, la filosofía, las ciencias y la política, todavía estaba atada al modelo teológico. Por eso ha sido imprescindible revisar estas ideas.

En la biblioteca del teólogo nicolaita se encontraban los volúmenes de Agustín Calmet, el famoso teólogo francés que hiciera 81 disertaciones sobre los 71 libros de la Biblia. Toma uno de ellos el rector de San Nicolás y lee, en latín: "Pienso que María eligió a América para heredad suya. Y anteviéndolo la Providencia, no quiso que se infamase su padrón con otras deidades. Es una hermosa y modesta criolla (indiana). La túnica, el manto, el traje, todo es de su nación". América, según Calmet, era propiedad de Guadalupe. O sea, de México, no de Madrid...

A reserva de pasar a otros dominios de la mente y del corazón -en los que también se expresaría el alma universal de la nación mexicana- es muy probable que, al conocer éste, los colegiales de San Nicolás hayan sentido algo parecido a la emoción de encontrarse a sí mismos. Habíanse visto en el espejo de una creencia metafísica que reflejaba fielmente su escondido, profundo y apasionado espíritu mesiánico, libertario y expansionista. Sentíanse repentinamente dueños de una idea mística, nacional y universal, que los dignificaba y enaltecía. Por ella estaban dispuesto a vivir y a morir, como lo estaban haciendo los jesuitas desterrados, convertidos en mártires del nuevo culto nacional.

A partir de entonces, Morelos pertenecería a un selecto grupo de "iniciados", a una especie de élite religiosa y patriótica, que invertiría sus energías y esperanzas en la realización de este sueño político, nacional y universal. El mencionado grupo formaría una sociedad informal y relativamente secreta: la Orden de los Caballeros de Guadalupe. Veinte años más tarde, estos caballeros, casi todos pertenecientes a la aristocracia criolla -llamados escuetamente los "Guadalupes"- serían los que sostendrían clandestinamente la causa de la independencia en todas las ciudades, villas y lugares bajo el dominio del gobierno colonialista. Tendrían espías en todas partes, en las oficinas del gobierno virreinal, en las tropas del rey e incluso en la misma recámara del virrey. Ayudarían a los "insurgentes" de mil maneras distintas. Obstaculizarían la política española hasta el límite de lo posible. Enviarían múltiples informaciones, cuantiosos recursos y valiosas orientaciones al gobierno nacional beligerante; primero al licenciado López Rayón, luego al general Morelos.

Al confiscar las tropas nacionales una joya -un pectoral de oro- destinada originalmente al obispo de Puebla, se la obsequiaron al general Morelos; éste la aceptó y le hizo agregar una gran medalla de oro con la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe. En Oaxaca se pondría esta alhaja por encima de su uniforme azul y rojo, la cabeza cubierta por una pañoleta negra, y posaría para un pintor mixteca, que haría su retrato oficial.

Cuadro, uniforme y joya caerían posteriormente en manos españolas. Actualmente el cuadro y el uniforme, no así la joya -que se quedó en España-, se exhiben en el Museo Nacional de Historia, Castillo de Chapultepec.

Morelos, siguiendo al Maestro Hidalgo, consideraría que levantar como bandera la simbólica efigie de Guadalupe sería, en cierto modo, levantar el orgulloso rostro universal de la patria mexicana. En su momento tomaría la pluma para proponer, en el artículo 19 de los Sentimientos de la Nación, "que se establezca por ley constitucional la celebración del día doce de diciembre en todos los pueblos, dedicado a la patrona de nuestra libertad, María Santísima de Guadalupe..."

¿Fue este aprendizaje teológico extracurricular, apasionadamente místico, definidamente político y profundamente patriótico, lo que hizo que al estar frente a los jueces inquisidores Morelos confiriera al rector don Miguel Hidalgo y Costilla el título de Maestro...?

 

XII. La teología nacional

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XIV. La pérdida de la herencia


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