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José Herrera Peña

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Así están las cosas

RAFAEL RUIZ HARRELL

 

 


Ciudad de México.-La elección por venir es distinta a cualquier otra que haya tenido lugar en nuestra historia.

 

No hay mexicano que haya participado nunca en una elección semejante.

 

La circunstancia es tan contraria a nuestra experiencia colectiva, tan opuesta a tantas cosas que solíamos dar inconscientemente por supuestas, que tal vez sea necesario que pasen varios años antes de que la distancia nos otorgue la perspectiva necesaria para aquilatar la importancia de lo que estamos viviendo ahora.

 

El hecho central, dígase lo que se quiera, es que esta elección es un parteaguas, y a tal grado que desde antes de que se emita el primer voto ya han cambiado muchas cosas. Gane la elección el candidato que la gane, en buena medida ya está cerrado el camino de regreso y hay ciertas cosas que no podrán cambiar: nadie podrá quitarle a la sociedad civil, al electorado, a nosotros, lo que hemos obtenido al vivir este proceso.

 

Nuestro deber, ahora, es acelerar el paso y desembarazarnos cuanto antes del pasado. Nuestro futuro debe estar determinado por lo que decidamos el domingo 2 de julio -nuestro mañana más inmediato-, no por las corruptas tristezas del ayer.

 

Quizá un breve recuento de los logros alcanzados nos ayude a precisar lo que nos falta.

 

Incertidumbre

 

Hoy, a unos cuantos días de la votación, no hay quien sepa o pueda predecir con certeza quién ganará. Habrá, sí, quien con fideísmo partidista afirme el triunfo innegable de su candidato, mas eso es darle voz a un deseo, no adelantar un resultado. Y habrá, también, quienes se enreden en encuestas, tendencias y proyecciones en el intento -rara vez imparcial-, de justificar por qué va a ganar este candidato o aquel otro, olvidando que en una elección toda encuesta es apenas una frágil aproximación que puede quebrarse en la primera casilla.

 

La circunstancia es de celebrarse porque constituye nuestro primer beneficio: hemos ganado en incertidumbre, o lo que es igual, en democracia. Adam Przeworksi, uno de los estudiosos más destacados de la democracia moderna, ve en la incertidumbre su característica fundamental: si se sabe de antemano quién va a ganar una elección -como nos tocó saberlo a nosotros desde siempre-, el sistema no es democrático.

 

La incertidumbre, la impredecibilidad, es garantía y condición de todo proceso verdaderamente democrático. La razón es obvia: si hay certeza es porque un grupo o un partido -por regla general los que integran el gobierno-, están ejerciendo un predominio decisivo. La incertidumbre, el no poder saber quién ganó las elecciones sino hasta que se cuentan los votos, es signo -aunque no prueba-, de que la ciudadanía recuperó su libertad y el proceso electoral refleja más su voluntad que la influencia o la manipulación partidistas.

 

Lejos de ser un defecto, la incertidumbre es una hermosa virtud. Que sea imposible predecir quién ganará, revela que no hay nada decidido hasta que lo hayamos decidido nosotros.

 

Decisiones

 

La última afirmación esconde otra ganancia que también merece destacarse: en algún momento afortunado e impreciso de estos meses, el poder cambió de dueño y de perspectiva. De pronto, en apenas un guiño, sin que nadie se enterara, dejó de estar en Los Pinos y abandonó el dedo presidencial para llegar a donde siempre debería haber estado: en las manos de la población, en el amarillo pulgar del electorado.
El cambio es tan importante que al menos en cierto sentido no interesa ya qué partido o qué candidato sea el que gane. El próximo Presidente, sea quien fuere -por supuesto incluyendo al propio Labastida-, va a tener que aceptar que nos debe el poder a nosotros, que está ahí porque así lo decidimos nosotros, porque así lo quiso la mayoría.

 

Sea quien fuere el próximo Presidente, por primera vez en 90 años no estará en deuda con el Presidente saliente. Por primera vez en casi un siglo, sabrá que quien le ceda la banda no le heredó el cargo. Por primera vez desde la elección de Madero, estará en deuda con nosotros, con los electores que lo eligieron, con el pueblo que legitimó su elección.

 

El candidato triunfador podrá estarle agradecido a su partido, pero no podrá negar que el triunfo se lo debe a la sociedad civil. Su partido y sus partidarios podrán haber trabajado con toda intensidad, pero no habría triunfado si la sociedad civil hubiera querido otra cosa.

 

Gane quien gane, eso ya lo ganamos. Lo ganamos nosotros.

 

Cambios

 

No estamos todavía en el tiempo -llegará algún día-, en el que el Presidente en turno sólo podrá querer lo mismo que nosotros, pero estamos ya en la etapa en que los candidatos -todos los candidatos-, saben y admiten que deseamos un cambio y eso es lo que prometen.

 

No se trata ya, adviértase, de la modificación o la reforma que el grupo en el poder decida darnos a manera de concesión generosa. No hay ya que rogarle a las autoridades que por favor nos reciban y nos oigan. La decisión es nuestra y si no perdemos el paso, si no abrimos la mano para soltar nuestras conquistas, de ahora en adelante sucederán los cambios y las transformaciones que nosotros decidamos.

 

Tal vez sea aquí donde nuestro capital resulta más limitado, al menos por ahora, y de ahí que tenga sentido preguntarse cómo invertir mejor el voto de mañana en ocho. Una circunstancia es evidente: para no perder lo ganado es necesario que el poder sea ejercido por otros y de muy otra manera. Votar por el PRI es refrendar el pasado. Es autorizar a quienes ya están en el gobierno a que sigan haciendo lo que han hecho siempre. Es avalar hondas corrupciones y refrendar viejas cegueras. Políticamente, votar por el PRI es lo mismo que un suicidio, ya que es votar en contra de nosotros.

 

Por desgracia, y tal como están las cosas, no se vota por el PRI sólo cuando se vota por el PRI. Debilitar a la oposición fragmentando el voto es también una manera de dejarle franco el paso al partido en el poder. Si desembarazarnos de la mafia que dice gobernarnos es la más alta de todas las prioridades ciudadanas, no queda sino unirnos y hacer -nosotros-, la coalición que no pudo formarse por narcisismos caudillescos.

 

Fox podrá resultarnos tan antipático como se quiera, mas ha mostrado capacidad para oír, para cambiar, para comprometerse con ideas y principios mucho más avanzados que los que defiende su partido. Y si Fox, aun a pesar de sus limitaciones y sus ridículos desplantes, es quien puede liberarnos de la triste historia de autoritarismos y pobrezas que nos impuso el partido oficial a lo largo de casi todo el siglo XX, es por él por quien hay que votar.

 

Sería desmedido y tonto pretender que alguno de los candidatos de la oposición es el candidato ideal o puede ser, sin salvedades, el jefe de Estado que necesitamos. No hay democracia capaz de ofrecer tal cosa ni ser humano que carezca de vicios o sea una mera suma de defectos. Más que discutir los méritos de Fox o de Cárdenas, o de perder el tiempo precisando de qué virtudes carece uno u otro, lo importante es reforzar a quien pueda derrotar al PRI e inaugurar -¡ya, por favor!-, otra etapa en nuestra historia.

 

El hecho tampoco se presta a dudas: si somos capaces de vencer al PRI en esta elección, seremos capaces también de encauzar y dirigir a quien ocupe la Presidencia.

 

Correo electrónico: rafruiz@infosel.net.mx

 

 

Publicado en el diario Reforma, 24 junio 2000

 


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