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De intolerancias a intolerancias

 

ADOLFO AGUILAR ZINSER*

 

Quienes desde distintas corrientes -sobre todo de izquierda- hemos decidido apoyar la candidatura de Vicente Fox no hemos tenido que hacer por ello una rectificación ideológica ni una adhesión partidista. Nadie, ni el candidato ni el PAN, nos lo han pedido. Se trata, en mi caso personal y en el de muchos otros, de una definición política difícil que nos ha alejado o confrontado con compañeros muy queridos y respetados, con quienes hemos compartido muchas causas. No obstante gracias a esta decisión, somos partícipes del combate electoral más portentoso que jamás haya enfrentado el sistema priista. Por primera vez, el PRI puede perder en las urnas su hegemonía política.

 

Apoyar a Fox y al PAN, con quienes tenemos importantes diferencias, no es un acto de oportunismo o de pragmatismo. Muchos hemos dado este paso por elemental congruencia con el principio de la democracia. Lo que define el alcance de la democracia es la vigencia real de los valores que están asociados a ella: la tolerancia, la apertura, la pluralidad, la libertad, la representatividad, la participación, la transparencia. Yo creo en estos valores tan firmemente como creo en la justicia social. Estoy convencido, como millones de mexicanos, de que con el PRI no hay ni habrá democracia, simple y sencillamente porque bajo el control político de este régimen, ninguno de estos valores se respeta, y creo que ha llegado el momento de reemplazar al orden impuesto por este partido, de despojarlo de su poder, de sus privilegios, de romper el nudo gordiano de sus complicidades.

 

Decir que Fox, según las preferencias de la ciudadanía, encabeza a la oposición en esta contienda electoral, no es una mentira y mucho menos un gesto de intolerancia. La dimensión y el significado inmediato de las preferencias electorales a favor de Fox no están en disputa; lo que se debate es quién está a la cabeza, si Fox o Labastida. Ningún dato concreto, ningún sondeo y ninguna opinión ecuánime contradicen el hecho de que Cárdenas se quedó atrás, en un lejano tercer lugar. Las encuestas de opinión, cuando su autenticidad está en duda, pueden causar un gran malestar político; sin embargo, son un mecanismo de medición que tiene validez científica. Algunos intelectuales como Federico Reyes-Heroles han insistido desde hace años en la necesaria modernización de la cultura política mexicana mediante el uso de las encuestas.

 

Actuar a partir de la orientación que nos dan las encuestas, medir la capacidad de convocatoria de los candidatos y anticiparse a los acontecimientos no puede ser visto como un acto de intolerancia o de autoritarismo. Fue la ciudadanía, el electorado, quien marcó la distancia entre Fox y Cárdenas -una distancia ya prácticamente infranqueable, según los propios encuestadores del PRD. Esta diferencia no es la obra malévola de una conspiración de derecha para sofocar a la izquierda. La mayoría de los electores no quiere que sea Cárdenas el Presidente de la transición; ni modo. ¿Es ésa una injusticia de los votantes, una tragedia nacional o razón suficiente para que no haya alternancia? El voto útil es un cálculo legítimo que se desprende de las oportunidades de triunfo que señalan las encuestas; decirle a los electores que, más allá de sus intenciones, un voto a favor de Cárdenas puede resultar un voto a favor de Labastida, a favor de la continuidad, no es una mentira y menos un llamado autoritario. El autoritarismo está en la compra de votos, no en el llamado al voto útil. Nadie está obligado a votar a favor de Fox, a nadie se le castigará por no hacerlo. En cambio, millones de mexicanos son obligados a votar por el PRI.

 

En nuestra cultura política, la democracia no tiene una ubicación ideológica exacta, la izquierda y la derecha se la disputan. La derecha siempre ha sospechado de las intenciones democráticas de la izquierda y a su vez ésta consistentemente le ha negado a la derecha la posibilidad de ser democrática. Yo no admito el argumento de que sólo la izquierda puede ser democrática. Acepto que la derecha, que el PAN y Fox dirijan la transición, organicen un gobierno plural e incluyente y den paso a la tolerancia y a la libertad. Considero que Vicente Fox es un demócrata de verdad, no un tirano. Nada de lo que hizo en Guanajuato contradice esa certeza. En todo caso, si Fox no cumple, será más fácil reclamárselo a él y al PAN en la alternancia que al PRI en la continuidad y de antemano sabemos que el PRI no cumplirá. Me parece incluso que en este momento, ante su debilidad, al PRD le conviene que sea la derecha quien le gane al PRI, con quien se pacte el cambio democrático; en estas condiciones, por su lógico afán de gobernar con el consenso, los compromisos que hagan el PAN y Fox podrían ser más generosos, más exigibles y más duraderos.

 

En nuestra cultura política, las alianzas y las coaliciones no tienen carta de ciudadanía. El entendimiento entre fuerzas políticas contrapuestas se lee como traición. Muchos intelectuales y buena parte de la clase política mexicana expresan incredulidad y desdeñan el llamado de Vicente Fox a formar un gobierno de coalición. Cuauhtémoc Cárdenas hace caso omiso a ese llamado y él mismo no lo propone. Si gana, gobernará como en el Distrito Federal, a su antojo. En cambio, los compromisos de Fox con la transición implican poner en suspenso las divergencias ideológicas y concentrarse en el asunto prioritario para el país: la alternancia.

 

El gobierno de coalición no ha sido, empero, motivo de una discusión racional entre muchos de nuestros intelectuales. Nuestra cultura política tampoco es generosa con las muestras de independencia política; ésta se concibe como falta de compromiso u oportunismo. Ser independiente, como lo he intentado ser desde hace seis años en el Congreso, no presupone neutralidad en las luchas políticas, ni ausencia de compromiso. Desde que hice pública mi definición a favor de Fox, he recibido una andanada de críticas e insultos que tienen la patente de una campaña. Por correo electrónico recibo cotidianamente mensajes injuriosos; en las estaciones radiofónicas o televisivas donde se me entrevista, llegan llamadas que me vilipendian. A últimas fechas, los insultos se extienden a mi padre, quien desgraciadamente no pudo vivir estos tiempos. Le pediré a Federico Reyes-Heroles que me incluya en su lista de articulistas víctimas del fanatismo. No me acongojo por los insultos y las amenazas que he recibido. El enfrentamiento que comparto con Fox en contra del sistema no es para menos. En todo caso, creo que en todos los partidos existen reductos de intolerancia, lo mismo de derecha que de izquierda. La campaña de desprestigio en contra de Vicente Fox merece tanto o más repudio que los e-mails en contra de algunos articulistas.

 

En la fase final de la campaña, el régimen ha pretendido convertir esta contienda en un plebiscito sobre la personalidad de Fox. Con esa maniobra, el PRI pretende eludir los términos reales de la elección: un referéndum a favor o en contra del régimen. El sistema ha recurrido ya a los peores extremos de la inmundicia propagandística. En días pasados, circuló en el Congreso de la Unión, un libelo ruin en contra de Fox, con el sello inocultable de Gobernación. Hace algunos días también, en la Comisión Permanente, legisladores del PRI y del PRD cuestionaron la salud mental de Vicente Fox. Sin embargo, ni un solo comentarista se indignó ante esa manifestación de intolerancia. Quienes han advertido sobre los peligros de Fox saben que llamar demente a un opositor es una táctica estalinista, con sabor a novela de Solzhenitsin.

 

El futuro del país está en riesgo; no es ninguna mentira decir que es el PRI y no Vicente Fox quien puede llevar al país al caos. La intolerancia está en el PRI, el espionaje político está en el PRI, la intimidación a los opositores obra en el PRI. ¿Qué se gana con destruir a Fox si con quien habremos de quedarnos es con el PRI?

 

*Publicado en Reforma, 9 junio 2000

 

Comentarios:aaz.independiente@senado.gob.mx

 


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